domingo, 15 de octubre de 2017

Tipología paraliteraria

Durante el breve e insatisfactorio periodo en que me esforcé por frecuentar el mundillo de la literatura de género, descubrí para mi asombro que a la mayoría de la gente que estaba allí la literatura le importaba entre poco y nada, lo que ellos buscaban eran otras cosas. Acabé por dividirlos fácilmente en estos tres grupos:

El intelectual («hintelektual» para los amigos). A este individuo la literatura le importa un bledo, pero ha descubierto que escribir algo y publicarlo es el modo más barato y sencillo de que te entreguen el carné de intelectual. Da igual lo que haya escrito, de hecho no hace falta ni que lo haya leído nadie (ni siquiera él mismo). Lo que importa es que ha publicado, ergo es escritor, ergo es un intelectual. Fácil, ¿no? De pronto se le permite opinar público de política, terrorismo internacional, crisis energéticas, educación, neurocirugía, ¡de todo! Y siempre lo hace con una seguridad aplastante. Coño, que para eso es un intelectual. Lo malo es que cada equis años tiene que renovar el carné, así que escribe otra chorrada, la publica de cualquier manera y se reincorpora así a la intelligentsia.

El socialite. Para el escritor o escritora de sociedad, como ocurría en el caso anterior, la literatura no es más que una excusa. A él lo que le gusta es todo lo que la rodea: jornadas, charlas, convenciones y sobre todo las presentaciones de libros (si son suyos y puede ser el centro de atención, muchísimo mejor). Tanto da: clubes de escritura, asociaciones de escritores, redes sociales para matar el gusanillo entre un evento literario y el siguiente… Cualquier situación donde se pueda beber y hacerse las foticos de rigor le encontrarán de protagonista. Su aprecio por tal o cual corriente literaria es siempre superficial, al fin y al cabo lo último que desea es dictutir, ¡él sólo piensa en pasárselo bien!

El todólogo. A este sí le importa la literatura. Demasiado. Su vida gira en torno a escribir, pero no a escribir tal cual (¡eso sería demasiado fácil!), lo que él hace es escribir sobre cómo escribir. Cada semana sube artículos con consejos para escribir mejor, análisis de las novelas de moda señalando las claves de su éxito, mantiene interesados a sus miles de seguidores con ingeniosas observaciones y, por supuesto, da charlas y conferencias sobre la literatura presente, pasada y hasta futura. Uno podría preguntarse por qué, si tan claro lo tiene, no alcanza la gloria por sí mismo, no sé… escribiendo algo interesante, quizá. Pero él está demasiado ocupado enseñándonos a escribir como para ocuparse de esas minucias.

En fin, ahora comprenderéis por qué dejé de ir a esas cosas (y por qué nunca me invitan ).

viernes, 29 de septiembre de 2017

«Piel» (y lo ilusorio de la originalidad)

Habría mucho que decir sobre la originalidad de las historias (o la imposibilidad de la misma), y esto no es más que una anécdota al respecto. El otro día me topé por casualidad con una ilustración de Michael MacRae, Construct a Shield from Thine Own Flesh. Me impresionó y busqué lo que había escrito el autor sobre su dibujo: «Carefully choosing every word, every phrase, from countless sources, he built himself a script. And in merging this tome with the other in just such a way, he created a powerful hybrid of of ancient charm and modern conjuration. This, if all goes accordingly, will keep him safe, he thought». Me quedé aún más sorprendido.

Y si me impresionó era porque me recordaba sobremanera a Piel, un relato que escribí hace muchos años, a finales de 2004 para ser precisos. De hecho, estrictamente hablando fue lo primero que publiqué, en el sentido de hacer pública una obra, puesto que lo presenté en un certamen abierto del foro de La Llamada de Cthulhu en Inforol (aunque lo hice fuera de concurso, sólo para animar a otros a participar, ya que yo formaba parte del jurado).

Mi historia es anterior (la ilustración de MacRae es de 2013) y por supuesto suceden muchas más cosas que esa simple escena, hay más personajes y giros que prefiero no desvelar de antemano, pero la idea de fondo es notablemente similar. Es como si al dibujarlo se hubiese inspirado en mi relato (aunque sé perfectamente que no fue así). Simplemente las ideas están ahí en el éter, buscando materializarse.

He decidido copiar aquí mi relato por si os interesa echarle un ojo. Es un poco extenso para lo que habitual en un blog (algo más de 2000 palabras), pero espero que no cueste leerlo. Y aunque mi estilo ha evolucionado bastante desde entonces he preferido no corregirlo, sino dejarlo tal cual se vio en el foro en su momento, hace ya tantos años. Veréis que es de los Mitos de Cthulhu, como mucho de lo que escribía por aquel entonces.

Piel (2004)

Desde el primer momento noté que era un hombre extraño. Repulsivo y fascinante. Irradiaba una confianza en sí mismo que desarmaba, que me sedujo por la seguridad que transmitía, pero que no obstante veía a menudo transformada en prepotencia. No me esperaba conocer a alguien así.

Su fama le había precedido, por supuesto; pero cuando una amiga me lo presentó al fin, no supe cómo reaccionar. En parte era por esas sensaciones que emanaban de él, cierto, pero el aspecto físico no me sorprendió menos. En la penumbra del bar de copas creí por un instante que era de tez morena, pero al inclinarse para darme dos besos vi que no era así, sino que tenía como algo escrito en la cara. Con la mala iluminación no pude leer qué era, y además su sonrisa me tenía hipnotizada y absorbía mi mirada.

Tonta de mí, enseguida se me notó lo que sentía por él; nunca he sabido disimular mis emociones. Al poco rato de conocernos sugirió ir a un lugar más cómodo para charlar, y deduje cuáles eran sus intenciones. Y lo que era peor, estaba segura de que me dejaría.

Sin embargo, me sorprendió de nuevo al llevarme realmente a conversar, a un café al viejo estilo donde pedimos un par de tazas calientes. Allí, mientras él hablaba, complacido por tener quien le escuchara sin interrumpir, pude estudiar al fin los extraños signos de su rostro. No eran letras, como había supuesto al principio, sino unos misteriosos símbolos que cubrían su piel de manera irregular. O más bien un solo símbolo, una especie de estrella de cinco puntas con un ojo en el centro, cuyo motivo se repetía por toda la cara una y otra vez, a veces con un tamaño amplio, pero a menudo mucho menor para cubrir los espacios que quedaban entre los ejemplares grandes, como si un Escher del tatuaje hubiera tratado de teselar la superficie de su cabeza. Aquel patrón tenía un efecto casi hipnótico sobre mí. Parpadeó, y observé que sus párpados estaban también tatuados con aquella esotérica estrella; así, siempre me estaba mirando.

Fue un gesto casual lo que hizo que me liberara de ese suave letargo: me pasó un terrón de azúcar y descubrí que sus manos también estaban cubiertas de aquel dibujo, mil veces repetido en distintas orientaciones y tamaños. Aquello me asustó un poco, empezaba a parecerme excesivo tanto amor por el tatuaje. No creo ser muy mojigata a ese respecto, tengo varios piercings en mi cuerpo y un tatuaje en un lugar muy íntimo, pero lo de las manos me descolocó. No había explicación lógica, pero sin embargo se abría paso la sospecha de que aquello no era un adorno, sino que obedecía a alguna inexplicable motivación.

Le estudié con más interés, presté atención a sus palabras, y poco a poco comencé a practicar su juego. Como todos los oradores jactanciosos, pronto condujo la conversación al tema que le interesaba. Por lo normal odio que me hagan eso, pero escuchar sus palabras era tan fascinante como analizar el entramado de su rostro. He de reconocer que las ciencias ocultas me han atraído desde niña, y puedo lograr que cualquiera de mis amigas pase miedo si me lo propongo y ella es mínimamente sugestiva. Pero lo que él contaba traspasaba la frontera de lo que yo sabía o siquiera intuía, su conocimiento en la materia me dejaba anonadada y muy consciente de lo poco que había avanzado en ese camino; me sentía como un niño orgulloso de hacer palotes que de repente tuviera que compararse con un novelista. A él mi reacción le agradó, se notó a las claras: se relajó y cogió más confianza. Era obvio que la mayoría de las personas no congeniaban con sus curiosas teorías. Pero no yo; aunque apenas comprendía lo que decía, algo en mi cabeza me aseguraba que todo era cierto, o al menos que era el reflejo de algo real; una verdad tan profunda que negarla o rechazarla carecía literalmente de sentido.

Sus veladas insinuaciones ocultaban secretos que yo no podía imaginar, que sólo conocería en pesadillas olvidadas después por la mente consciente. Me sentí ansiosa de alcanzar ese conocimiento, aquello que él podía darme si tan sólo quisiera...

Mas, como un amante cruel, me dejó con la miel en los labios. Nos marchamos del café bien entrada la madrugada y me acompañó como un caballero hasta mi apartamento. Traté de hacerme la dura, de mostrar firmeza, pero justo antes de que se fuera cedí y le supliqué que me enseñara. Él sonrió; esperaba a que me derrumbara para poder adiestrarme como una aprendiza sumisa. Sin abandonar su eterna sonrisa de superioridad, me citó para el día siguiente. Pasé una mala noche.

Cayeron una revelación tras otra, paseando por un oscuro parque. Sus palabras me asombraban y me asustaban, y una parte de mí lograba decirme que aquello, visto desde una perspectiva equilibrada, carecía de sentido. ¿Criaturas anteriores a la humanidad, que aún perviven ocultas en los márgenes de nuestra sociedad? ¿Seres que acechan en los recovecos del tiempo y del espacio? ¿Entidades de poderes divinos y diabólicos a un tiempo, que esperan hastiadas a que llegue el final de todo, sin tan siquiera dedicarnos un pensamiento? No, lo peor no es que fuera absurdo. Lo peor es que yo sabía que era cierto. Me fui a casa atontada, como una autómata sin alma o un boxeador noqueado, sin saber con quién me cruzaba ni qué hacía, impulsada tan sólo por el instinto de la rutina.

Me desperté muy tarde, con la boca seca y un tremendo dolor de cabeza. Por supuesto, debería haber abandonado en ese punto, él mismo me lo había advertido. Ir más allá era condenarse a la locura o a algo peor. Pero plantearse la retirada era imposible, la curiosidad y el miedo se aliaban para anular mi sentido común. Y él, él que debería haber tenido más juicio que yo, estaba demasiado halagado por disponer de una alumna devota como para anteponer mi cordura o mi vida a su ego.

El sexo no llegó hasta la tercera noche. Me invitó al fin a su casa, amplia y quizás hasta lujosa, y tras un coñac para olvidar el frío de la calle comenzamos a desnudarnos. Vi al fin lo que ya empezaba a sospechar: los tatuajes no se restringían a rostro y manos, sino que cubrían todo su cuerpo, de la cabeza a los pies, desde el cuero cabelludo hasta su glande. No puedo decir que me sorprendiera. Le imité y me entregué a él sobre la mullida alfombra del salón, no muy segura de si lo hacía por veneración a su persona o como pago por sus enseñanzas.

Aquello supuso, claro está, una prueba iniciática. Pasado apenas el sopor del orgasmo, se levantó y, sin cubrirse, me invitó exultante a seguirle. Le secundé descalza hasta llegar a una puerta de roble que él abrió con una gran llave de estilo antiguo. Era, como me indicó, su estudio. Di algunos pasos titubeantes hacia el interior de la sala, pues la luz estaba apagada. Él esperó a ese punto dramáticamente álgido para pulsar el interruptor.

Vi... No, primero grité, antes de comprender siquiera la información que llegaba a mis ojos. Era una suerte que aquella casa estuviera apartada de las de los vecinos, o hubiesen creído que estaba asesinándome. Cuando me calmé, miré aterrada el macabro espectáculo que tenía ante mí. Lo que en principio había tomado por terribles seres que me acechaban no eran más que cabezas, cabezas de seres incomprensibles colgadas por todas las paredes. Como un cazador del siglo XIX, había decorado su estudio con las testas disecadas de sus presas, criaturas de más allá de la razón expuestas como rinocerontes o bisontes. Allí se exponía casi todo de lo que me había hablado: los hombres anfibios de los pueblos degenerados de la costa, los antropofidios que fueron contemporáneos de los grandes dinosaurios, los seres parecidos a insectos que vienen de más allá de Plutón. Era un museo de cera de los horrores sobrenaturales.

Le miré boquiabierta. Él se acercó y, ufano, me invitó a admirar su colección. Paseaba por delante de cada uno, contándome dónde y cómo lo había matado, lo que había tenido que hacer para poder conservar su cabeza, y cómo se las había ingeniado con los que no tenían cabeza propiamente dicha. Sólo atiné a preguntarle cómo era posible. Su sonrisa se hizo aún más ancha. Exultante, su gesto me remitió a su propio cuerpo, aún por completo desnudo. Ese símbolo, me explicó, ese sello que cubría por completo su piel era su armadura. Aquellas criaturas nada podían hacer contra esa señal, cuyo respeto les había sido impuesto hace eones como castigo por sus atrocidades. Pero no bastaba con saberlo: algunos investigadores de lo oculto, demasiado ingenuos, habían utilizado el símbolo como si fuera una cruz que se sostiene contra los vampiros; pagaron su candor con la muerte, pues el resto de su cuerpo estaba indefenso. Pero él, gritó triunfalmente, él había hallado la clave de la solución, y a pesar del sufrimiento se había hecho tatuar cada centímetro cuadrado de su piel. Así había llegado a ser inmune a esas criaturas, y por eso era mi maestro.

Y yo fui una alumna aplicada. Poco a poco aprendí todos los secretos que él poseía sobre los enemigos de la vida que conocemos, memoricé los ensalmos y la pronunciación correcta de cada nombre y de cada invocación. Pero había una cosa que me frenaba: no me atrevía a seguir sus pasos y tatuarme todo el cuerpo con aquel símbolo protector. Comprendía que era una salvaguarda necesaria, pero temía el dolor y, sobre todo, albergaba aún la esperanza de poder llevar una vida normal el resto de mis días, de no verme apartada de mis semejantes por una armadura permanente tan llamativa como aquella. Él afirmaba con rotundidad que no había otra solución, que de lo contrario acabaría sucumbiendo a aquellos seres. Aún así, ante mi insistencia accedió a que le acompañara en una de sus cacerías.

Según él, era un caso de lo más habitual, pero a mí me asaltó el miedo en cuanto llegamos a aquella espeluznante casa abandonada. Me dijo que no entrara, ya que aún no estaba protegida, y me indicó que le estudiara desde las ventanas. Obedecí encantada. Observé desde el exterior cómo avanzaba con cautela por los pasillos, fui de un cristal a otro siguiendo su deambular por el edificio. Llegó por último a una peculiar sala de estar, desprovista de mobiliario, de frías paredes desconchadas y sin más rasgo distintivo que las voluminosas tuberías del gas. Pude oír bien sus comentarios, ya que la hoja de la ventana había quedado abierta quién sabe cuándo. Me decía que aquél era el lugar, que lo sentía, aunque no se le ocurría que tipo de criatura sería capaz de ocultarse allí. En cualquier caso, añadió fatuo, ninguna podía perforar su impenetrable malla de símbolos arcanos.

Rebuscó por la sencilla habitación, tanteó las paredes y el suelo por si ocultaban un espacio secreto, pero nada. Se le veía extrañado, y también preocupado porque pudiera sentirme defraudada en mi primera expedición. Creo que estaba a punto de darse por vencido. De repente, sonó algo, como una válvula que suelta presión. Al parecer, una de las tuberías tenía un escape. Creo que comprendí antes que él que aquel gas no era normal. El fluido gaseoso se volvió hacia el cazador provisto de una extraña voluntad. Él le desafió, le mostró los dibujos de su cuerpo, trató de hacerle retroceder vanagloriándose de que le sería imposible dañarle. Yo me afané por cerrar la ventana desde fuera y, por fortuna, lo conseguí. Contemplé, sin oír nada, cómo el gas no se arredraba y se lanzaba sobre él, que al fin comprendió el peligro en que se hallaba. Observé con curiosidad que el gas, efectivamente, no llegaba a tocarle la piel, le rodeaba a unos centímetros de distancia como si una barrera invisible le repeliera. Pero eso no impidió que se le colara con malevolencia por las orejas, por la nariz, e incluso por orificios menos honorables. Él gritó aterrado, me suplicó que le ayudara. Presencié fascinada su dolorosa muerte, e incluso sus curiosos espasmos y movimientos cuando ya debía de llevar un buen rato muerto.

Cuando el gas decidió al fin abandonar su nuevo hogar y regresar al antiguo, abrí la ventana y me colé con sumo cuidado en la casa. Llegué hasta el cuerpo, contorsionado en una mueca de infinito terror, y saqué mi navaja suiza. Era un trabajo pesado, pero lo solucionaba casi todo.

Ahora soy yo la cazadora, y he llegado a amasar una interesante colección de cabezas y otros souvenires. Y lo que es más, aún puedo pasar desapercibida en mi vida cotidiana. Oh, salgo menos que él, pues yo no tengo necesidad de jugarme tontamente la vida para demostrar mi virilidad. Pero tengo una piel que me protege y, cuando necesito ir a cazar, sólo tengo que ponérmela.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Lecturas 2017 (II)

Continuación de la lista de lecturas iniciada en junio, con los siguientes diez libros que me he metido este año entre pecho y espalda (yo es que tengo una forma muy peculiar de leer, muy corporal ).

En esta tanda se han colado varios tomos de la saga de Harry Potter, que inicié a finales de la anterior. Luego paré y retomé la intención original de repartir mis lecturas en diversos géneros y añadir algunos clásicos que tenía pendientes, con resultados dispares. En definitiva, son:

Harry Potter y la cámara secreta,
J.K. Rowling (1998).
Salamandra, 2010. 286 págs.

Me parece que de esta no había visto la peli y la verdad es que ha sido una lectura agradable y Rowling empieza a desarrollar los temas que le interesan (como la discriminación). Se nota que es juvenil, hay casualidades increíbles para que no muera nadie y el final es un deus ex machina como una catedral, pero lo del diario de Riddle está ingenioso. Y la extensión del libro aún se mantiene en parámetros razonables.

Harry Potter y el prisionero de Azkaban,
J.K. Rowling (1999).
Salamandra, 2011. 359 págs.

Esta tercera parte de la saga de Harry Potter se me ha hecho un poco larga, tenía demasiado presente la película y la verdad es que en ella mejoraban bastantes escenas, como todo el tema de Colagusano. O quizá es que es todo muy estándar y los personajes tan planos empiezan a cansar, de Snape a Sirius Black o incluso Lupin. Pero como siempre, el final es emocionante y salva los muebles.

Los gules del Miskatonic,
Graham McNeill (2011).
Edge, 2016. 347 págs.

Malísimo, lo peor que he leído este año y buena parte de mi vida. Personajes absurdos, narración infantiloide, ambientación pésima… lo tiene todo. Ya sé que no es más que una novelucha de encargo ambientada en el mundo de Arkham Horror, ya de por sí estereotípico, pero el autor se esmera en llevar hasta el fango absoluto una premisa así de anodina. Por supuesto no pienso acercarme al resto de la trilogía ni con un palo.

Máscaras de Carcosa, Dani Guzmán.
Ediciones Hades, 2016. 217 págs.

Conocía el estilo de Guzmán de algunos relatos previos y aquí es fiel a sí mismo: Mitos de Cthulhu, adolescentes con problemas y un entorno bien sórdido. Es una historia gamberra, deliberadamente vulgar y en momentos hasta gore. Entiendo que no será de todos los gustos, pero a mí se me ha hecho una lectura agradable y muy rápida.

Harry Potter y el cáliz de fuego,
J.K. Rowling (2000).
Salamandra, 2011. 635 págs.

Con este voy a dejar una temporada a Harry (como mucho me pondré con la obra de teatro). Tiene cosas interesantes pero le sobran cientos de páginas que a mí personalmente no me dicen lo más mínimo, como los mundiales de quidditch, los bailes de gala y todo eso.

Entiendo que Rowling dosifique la información relevante para darle más emoción a la saga, pero creo que aquí se ha pasado y se nota que, aunque maneja muy bien las emociones, las tramas en sí no son su fuerte.

Humanismo y Renacimiento,
vv.aa (S.XV-XVI).
Alianza, 1986. 288 págs.

Una serie de ensayos extraídos de los comienzos del humanismo renacentista italiano. El interés de los mismos varía mucho; cuando se ponen a hacer esas mezclas de teología, filosofía y metafísica es lo más aburrido del mundo, pero me gustan los comentarios sobre la sociedad de la época y ese entusiasmo por crear una nueva sociedad liberada del oscurantismo medieval. Con todo, sólo para interesados en el tema.

Frankie y la boda,
Carson McCullers (1946).
Seix Barral, 2013. 239 págs.

Sigo con McCullers y, aunque es un buen libro, me ha costado más conectar con la historia que en la Balada del café triste. El tratamiento psicológico de la protagonista (una muchacha de 12 años que se debate entre el mundo de la infancia y el adulto) es estupendo, pero el libro parece un tanto inconexo, como si se le pudieran quitar partes sin sufrir menoscabo, y da demasiadas vueltas sobre lo mismo.

Matadero Cinco,
Kurt Vonnegut (1969).
Círculo de Lectores, 2002. 237 págs.

No es lo que me esperaba, la verdad. Se supone que es una crítica contra la guerra y lo que viene a decir es que da igual que haya guerras o no, porque todo es inamovible. Posee un humor curioso, reflejo quizá de las inquietudes de finales de los años 60, pero no me convence. Demasiadas digresiones que apartan continuamente del supuesto meollo, el bombardeo de Dresde a finales de la 2ªGM.

Rebeca,
Daphne du Maurier (1938).
Debolsillo, 2016. 463 págs.

Sí, la de «Anoche soñé que volvía a Manderley». Es una buena novela que ha resistido el paso del tiempo, ambientada estupendamente (esa alta sociedad tan británica) y con el ritmo muy cuidado. Pero por una vez la película era demasiado fiel al libro y ha sido como si estuviera viéndola de nuevo, pero a cámara lenta. Hay alguna diferencia pero nada relevante, y cuando ya conoces lo que pasó pierde mucho interés.

El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares [biblioteca],
Ransom Riggs (2011).
Planeta, 2016. 413 págs.

Muy pobre. Entiendo que no soy el público buscado (es young adult al fin y al cabo), pero ni así se justifica una prosa plana, sin alma, y una sucesión de escenas sacadas de mil novelas anteriores. Por no mencionar el montón de fotos intercaladas para hacer bulto (si necesitas imágenes para explicar tu historia, mal asunto). Menos mal que lo saqué de la biblio y no me gasté un euro.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Adiós, Bruto

Pues parece que sí, que definitivamente la conocida serie de cómics de El Bruto (The Goon, obra de Eric Powell) se ha acabado. Puede pensarse que era algo evidente, ya que no se publica ningún nuevo número desde octubre de 2015, pero no estaba tan claro ya que en el final de la última miniserie, Once Upon A Hard Time, Powell se dejaba la puerta abierta a continuar con una especie de «spinoff» (tentativamente llamado Lords of Misery) que retomara los principales personajes. Pero todo apunta a que no. No por el momento, al menos. Y es una buena ocasión para repasar lo que ha significado este cómic.

En España, la editorial Norma dejó de publicar la serie a partir del volumen 13. Una pena, porque sólo faltaban dos para terminar, aunque no me extraña que las ventas hubiesen bajado porque los últimos tomos eran bastante flojos. Powell daba rienda suelta a su humor gamberro en lugar de hacer progresar la historia y, a pesar de que seguían estando muy bien dibujados (este hombre ha acabado por desarrollar un estilo asombroso), no aportaban gran cosa al que ya conociera la vaina. También os digo que son cómics que usan poco texto y se entienden perfectamente en inglés, que eso no os frene.

Lo que más me interesa es ver qué hace especial a El Bruto, aparte de su calidad artística. Se ha dicho (a menudo de forma peyorativa) que una característica de la cultura actual es la mezcla de conceptos preexistentes, como si ya estuviese todo inventado y sólo fuéramos capaces de crear a través de la fusión. No me siento capacitado para validarlo o no, pero la verdad es que Powell plasma en El Bruto una amalgama de diversos géneros que, sorprendentemente, funciona muy bien. Así por encima, tenemos:

Género negro. Algo evidente sólo con hojear cualquier número. Aquí se prescinde del tradicional detective y se adopta la no menos clásica vertiente de la «narración mafiosa». Ya para empezar, el Bruto es el líder de una banda que controla los bajos fondos de una pequeña ciudad, y sus enfrentamientos con la ley y con otras bandas están presentes desde el principio. También comparte la escala moral de grises propia del noir, como ley frente a justicia, corrupción frente a venganza, etc. La propia ambientación (hay bastantes anacronismos, muchos deliberados, pero los años 40-50 podrían ser una buena aproximación) apunta a ello, así como su galería de femmes fatales.

Sobrenatural. Lo que empezó como un elemento puramente gamberro, e imagino que para diferenciarse de otros cómics similares, ha acabado marcando la serie. Primero eran los zombis que actuaban como una banda mafiosa más, pero Powell ha ido añadiendo elementos del terror clásico, mucho de serie B (aunque esta influencia era más obvia al principio y ha ido desvaneciéndose) y no pocas de las tradiciones de cuentos de hadas (en su versión menos edulcorada, por supuesto). Un cajón de sastre donde cabe todo, sin dar explicaciones lógicas y que el autor usa para contar las historias de desesperanza que le gustan y poder salirse de las típicas peleas entre matones.

Gótico sureño. Personajes retorcidos por dentro y por fuera, monstruos de feria, paletos, fanáticos religiosos, crueldad con ancianos, niños y desvalidos… Muchas de las historias del El Bruto parecen sacadas de lo más tradicional de este género literario, empezando por el propio trasfondo de su personaje principal y sus motivaciones, y la verdad es que es de lo mejor de la serie. Es en estas facetas además donde Powell se deja la piel con los lápices. No olvidemos tampoco su aspecto de protesta social, muy destacado en varios números y que entronca con temáticas del género negro moderno (pienso por ejemplo en Ellroy cuando narra la represión de sindicatos y huelguistas en los años 50).

Sátira. Sí, sátira y humor vulgar y políticamente muy incorrecto, un aspecto que no siempre está presente en la serie pero que cuando lo hace lo domina todo (y puede echar atrás a algunos lectores, la verdad). Powell es un provocador, como quedó claro con la falsa polémica de Satan's Sodomy Baby (una historia que no encontraréis en los tomos recopilatorios, aunque es bastante chorra). También es verdad que ha podido permitírselo por publicar cómic independiente, en una major no se lo habrían consentido, y creo que llega a abusar de ello. Es un elemento que, salvo las pocas veces que se presenta puntualmente, no acaba de encajar con el resto, sobre todo si uno pretende darle una continuidad al conjunto.

Y ahora que tenemos delante toda la serie hay que reconocer que, aunque ha tenido sus fases flojas, ha sabido mantener hasta el final una calidad y un interés encomiables. Y como el gran Watterson, Powell ha decidido jubilar a su personaje estrella antes de alargar innecesariamente su recorrido y perder su sentido original. Ahora toca esperar, a ver si lo retoma algún día y en ese caso si tiene cosas nuevas que contar o verdaderamente ya estaba todo dicho.

lunes, 21 de agosto de 2017

Literatura sicalíptica

¡Por fin vamos a hablar de sexo en Disportancia! Pero que nadie se asuste, será sexo literario. En particular, la literatura erótica española, que vivió una pequeña era de esplendor a principios del siglo XX y es un tema que siempre me ha llamado la atención por lo que tiene de rebelde e ingenuo a la vez.

La literatura erótica ha existido siempre, por supuesto, aunque nuestro país ha ido por detrás de buena parte del continente y en particular de Francia, que en las novelitas que nos ocupan aparece a menudo como origen de la depravación narrada (y es que, hasta hace relativamente poco, «francés» seguía siendo sinónimo de erótico y escandaloso, incluso en la literatura seria). Aunque las primeras obras calificables como tal aparecen aquí a finales del siglo XIX, se vivió un pequeño boom a partir de la Primera Guerra Mundial y sobre todo durante los años 20 y primeros 30. Es muy curioso observar que la dictadura de Primo de Rivera (1923-30), tan mojigata y puritana ella, con su obsesión por la pureza moral del país, no consiga frenar en absoluto esta corriente de literatura erótica y obscena, y que las leyes que existen para perseguirla apenas se aplican. Quizá porque se trataba de una dictadura castrense, y ya se sabe que los militares nunca han puesto reparos al sexo. También sorprende que durante la Segunda República (1931-36) esta producción, si bien no desaparece, sí que se atenúa y la literatura «rompedora» pone más énfasis en lo ideológico y lo social, fruto tal vez de las inquietudes del momento.

Sicalíptico, bonito vocablo tan acotado en época y uso, hoy casi olvidado y sinónimo antaño de todo lo inmoral y picante. Dice la RAE que sicalipsis es «malicia sexual, picardía erótica», y se usa casi exclusivamente para referirse a obras y situaciones de principios de siglo a la guerra civil.

En todo caso no existe un paralelismo directo con el «destape» que tuvo lugar en España al final de la dictadura franquista, en los años 70. Aquí más bien parece que son las corrientes liberales internacionales las que van horadando la decencia tradicional. Por supuesto, pese a su popularidad estas novelas (y revistas y fotonovelas) no dejaban de ser objetos vendidos bajo mano, principalmente en quioscos callejeros y con tiradas de mala calidad que ocultan imprenta, autor y hasta editorial, nunca pensados para perdurar. Es una literatura producida y consumida casi exclusivamente por hombres, a pesar de que algún autor utilice pseudónimos femeninos para, imagino, excitar la libido del lector. Si alguna mujer la leía, era sin duda con más discreción aún que los varones y nunca adquiriéndola directamente.

Con tan amplia producción ya podéis deducir que hay de todo, desde textos sensuales de calidad a la pornografía más chabacana de prosa ramplona. Casi siempre son cuentos de unas pocas decenas de páginas o como mucho novelas cortas, y los temas suelen ser los de siempre. A menudo toman como protagonista a una joven inicialmente pura que va cayendo en las diversas etapas de iniciación sexual con diversos «caballeros», aunque de tanto en tanto le sorprende a uno encontrar homosexualidad, travestismo o las parafilias más diversas, a veces hasta bien tratadas. Autores prolíficos de este género (a menudo bajo uno o varios alias) fueron Pedro Morante, Álvaro Retana, José Sanxo o incluso el famoso Emilio Carrere, que no le hacía asco a nada que proporcionara ingresos fáciles.

Uno de los aspectos que más me gustan, y que a menudo se pasa por alto, son las ilustraciones que atraían la atención desde la portada y que también solían acompañar al texto, seguramente para ayudar a la imaginación. Aunque de nuevo aquí hay de todo, lo cierto es que por lo general son de bastante calidad y hasta elegantes, como las del gran Rafael de Penagos (al que mi padre conoció personalmente cuando este vivía en la calle Ayala de Madrid) o José Loygorri, Max Ramos o Varela de Seijas, por citar a unos pocos. Eran también grandes cartelistas de moda, y el hecho de que los editores puedan pagar su arte para estas obras indica que el negocio daba dinero. En la mayoría de los casos estos ilustradores siguen la estética del art déco que se impone en Europa y Estados Unidos por esas fechas. Se observa en esas imágenes, lo mismo que en los textos, una curiosa contienda entre el ideal de mujer tradicional (rellenita, de carnes prietas y apasionada en la intimidad) y el moderno que iba extendiéndose poco a poco, de mujer delgada, de pechos pequeños y despreocupada respecto al qué dirán.

Es un mundo muy curioso, casi clandestino, que todos conocían pero nadie mencionaba en público, y que queda definitivamente enterrado con la guerra civil y la posterior instauración de la dictadura. Si os interesa el tema, varias editoriales han publicado compendios o facsímiles de algunas de estas obras, amén de que todavía se pueden conseguir originales (aunque no en muy buen estado) en librerías de viejo o páginas de venta de libros usados. Un buen punto de contacto es la antología Cuentos eróticos de los locos años 20 de Clan Editorial (2004), así como la colección La Novela Pasional de la editorial sevillana Renacimiento, pequeños libritos que se leen en un suspiro (de pasión ).

miércoles, 9 de agosto de 2017

A vueltas con la coedición

Hace unos años saltó a la palestra del «mundillo escritoril» el peligro de las llamadas editoriales de coedición. Supongo que todo el mundo sabrá a estas alturas de qué va el tema, pero básicamente son editoriales en apariencia normales pero que descargan los costes reales de la edición en el autor, bien pidiéndole directamente dinero para financiar la tirada, o con mayor sutileza indicándole que debe asumir unas ventas mínimas durante la presentación del libro (cincuenta, ochenta, cien ejemplares…) cuyos ingresos serán, íntegramente o en su mayor parte, para la propia editorial. Con eso ellos ya cubren gastos; de hecho esa suele ser la tirada completa de la primera edición, las subsiguientes reimpresiones serán print-on-demand o ni eso, y se limitan a obtener los beneficios que genere la edición digital.

Visto así, la verdad es que este tipo de editoriales da bastante grima, y yo personalmente no me planteo recurrir a sus servicios. Sobre todo por el tema de las ventas durante la presentación; soy un tipo asocial e impopular y difícilmente voy a vender nada con mi don de gentes. Ahora bien, transcurrido un tiempo desde aquellas polémicas, constato que las diferencias entre editoriales tradicionales y coeditoriales han ido haciéndose cada vez más difusas, y me atrevería a decir que ahora mismo apenas hay desventajas en este sistema, siempre que uno sepa dónde se mete.

Para empezar, porque las coeditoriales han espabilado y evolucionado (es lógico, compiten entre sí por el mercado del escritor ingenuo o desencantado) y hacen un trabajo más profesional; por ejemplo, cuentan con portadistas realmente capaces y recurren a imprentas de calidad. Pero si las diferencias con las editoriales tradicionales se han desdibujado es principalmente porque estas últimas han empeorado bastante (por supuesto estoy generalizando, con todo lo que ello supone). Voy a hacer, con vuestro permiso, un pequeño repaso de las críticas que se hacían habitualmente a la coedición y por qué han perdido validez:

Las coeditoriales no se preocupan por la distribución ni por la promoción de tu libro, porque tú ya has pagado los gastos y el resto les da igual. A ver, esto es verdad pero seamos sinceros, la gran mayoría de editoriales «serias» se esmeran muy poco en la promoción de los libros, salvo que seas un fabricante de bestsellers o un famosete. A lo sumo están un par de semanas con ello y luego adiós muy buenas. Y en esta época en la que la promoción principal es por la red, si quieres que tu libro siga vendiéndose o incluso que llegue a oídos de posibles lectores te vas a tener que encargar tú de todas todas.

El tema de la distribución sí es crítico, porque es un pilar fundamental para las ventas y una editorial potente contará con buenos canales para poner el libro delante de los potenciales lectores. En esto hay que dar la razón a la sabiduría popular. Pero ojo, muchas (muchísimas) editoriales medianas/pequeñas tienen una distribución muy reducida, que en la práctica no va a ser peor que la de una coeditorial, y es algo que se debe tener en cuenta. Es decir, si ya asumes que la distribución va a ser mala porque no puedes publicar con una casa potente, tu situación final no se va a diferenciar mucho tanto si optas por la edición tradicional como por la coedición (o la autoedición, dicho sea de paso).

Las coeditoriales tienen muy poco filtro, aceptan cualquier cosa. Esto también es cierto, porque su estrategia de negocio depende de sacar libros de forma continuada, pero tampoco es algo malo de por sí. Casi todas las editoriales tradicionales implementan filtros absurdos que nada tienen que ver con la calidad, como cerrar la admisión de nuevos originales pero seguir admitiendo cosas de gente que ya ha publicado con ellos, a pesar de que haya sido un fracaso, porque son colegas (con lo cual sigue llenándose su programación y se posterga aún más la apertura a nuevos autores), buscar sólo novelas sobre temas de moda (sean zombis, romance paranormal, etc.), depender de los agentes literarios (que no deja de ser subcontratar su criterio editorial) o, en el mejor de los casos, llevar un retraso de entre seis meses y un año para valorar un original. Sí, en la coedición se publica mucha basura, pero en la edición tradicional también. Y nada impide que a una coeditorial llegue una obra maestra, si a eso vamos.

Los libros que sacan las coeditoriales tienen mala pinta. No, esto ya no es así. En general se puede decir que la calidad física de los libros ha caído en barrena; no es nada raro encontrarse libros impresos en restos de papel, con mala fibra (lo veréis porque las hojas empiezan a hacer ondulaciones), tinta apestosa, etcétera, por un precio muy elevado. Una coeditorial no lo va a hacer peor, no es físicamente posible. De hecho y por lo que voy viendo, los libros de coeditoriales cada vez tienen mejor aspecto, buenas portadas y encuadernación decente. Como decía, se han puesto las pilas. Y no nos engañemos, el aspecto de un libro es muy importante para encandilar al hipotético comprador.

Y en fin, tampoco me apetece seguir con la lista (es agosto y hace mucho calor), lo que quiero dar a entender es que en el fondo no es tan diferente la edición tradicional de la coedición, sobre todo si eres un autor desconocido, y que de ambas maneras te puede salir bien o mal la aventura. Con la coedición las cosas van más rápido y no te llamas a engaño (siempre que sea una coedición honesta y no una estafa, claro), y las editoriales pequeñas tienen tantas dificultades para subsistir que cada vez descargan más tareas en el autor, desde la corrección del texto a la promoción, organizar presentaciones o incluso definir la portada. Vamos, que a fin de cuentas todo acaba pareciéndose.

Con esto no pretendo decir que la coedición sea maravillosa o la panacea para el escritor, hay mucho timador en este campo, mucho intento de explotar al autor (aún más), y reitero aquí lo que dije al principio: paso de la coedición porque no encaja con mi manera de enfocar la literatura (para eso me autoedito y santas pascuas). Pero entiendo perfectamente a quien, sabiendo dónde se mente, recurre a este sistema para sacar sus libros. Respetable y perfectamente válido.

miércoles, 26 de julio de 2017

Miran lo que leemos

Suelo leer mientras voy en transporte público, principalmente por falta de tiempo durante el resto del día y por distraerme durante el trayecto (ah, qué suerte tiene la gente que trabaja cerca de casa). Pero el otro día me pasó algo que ya me había ocurrido anteriormente, y es que siempre que leo algo «raro» (y con eso me refiero principalmente a libros que puedan parecer esotéricos o sobre temas de magia) alguien que viaje en ese momento a mi lado me acaba haciendo algún comentario sobre el libro.

A veces la portada es delatora, de acuerdo, pero otras no y está claro que han mirado el texto que estoy leyendo, lo que me lleva a pensar que siempre miran. Pero claro, cuando estás con libros más habituales, novelas de moda y demás, a nadie le llama la atención. Confieso que si veo una portada o un título que me parezca interesante puede que busque luego información en la red, pero es muy raro que mire por encima del hombro para ver el texto, la verdad. Y lo que no he hecho nunca es empezar a hacerle comentarios a un desconocido sobre sus lecturas. Será que soy muy tímido.

No sé muy bien cómo reaccionar en estos casos, porque muchas veces estoy leyendo libros que no son de temas que me apasionen, o que no puedo recomendar realmente porque me parecen mediocres, y mi interlocutor parece esperar que me encanten esas cosas. Son situaciones un tanto incómodas, en particular con mi escaso don de gentes.

Y ahora que caigo en esto, me pregunto qué habrán pensado cuando llevo otro tipo de libros, digamos con portadas macabras (cosa tan habitual en los libros de terror) o de muy mala fama (estoy pensando en cuando leía en el metro cosas del Marqués de Sade, por ejemplo). Qué imagen se habrá hecho la gente de mí .

Igual por eso hay quien forra sus libros con papeles de periódico, para que no les den la lata, y no por protegerlos como suponía yo. Pero como no te tapes con la mano como cuando no queríamos que nos copiaran en el cole, no sé cómo te vas a librar de las miradas indiscretas…

Nota: Las fotografías que ilustran este artículo forman parte de una serie de bromas con falsas portadas que el cómico Scott Rogowsky llevó a cabo en el metro de Nueva York.

sábado, 8 de julio de 2017

Reflexiones desde Fontenebra

Se cumple ahora un año desde la publicación de La Fuente de las Tinieblas, y en el mundo del mercado literario eso es una eternidad. Por suerte la distribución ha funcionado bien y el libro ha estado presente en tiendas al menos hasta navidad (que como ya imagináis es una época muy importante para las ventas), y confío en que siga disponible para los lectores interesados durante bastante tiempo aún. Pero el caso es que empieza a ir tocando pasar página y extraer lecciones de lo que se ha hecho bien y lo que podía haberse hecho mejor. Las comparto por si pueden seros de utilidad en vuestra propia carrera literaria («carrera», que palabra tan estresante, ¿no?).

Una de las decisiones que más complicaciones trajo, como ya comenté en su momento, fue la de centrar todos los relatos en una población, Fontenebra, que está descrita deliberadamente de forma muy genérica pero que muestra unos rasgos específicos, básicamente de degeneración suburbana, en un entorno claramente actual o muy próximo a la actualidad. Fue esta una restricción que me obligó a prescindir de unos cuantos relatos que no encajaban en ese entorno, lo que a su vez conllevó que el proyecto se retrasara más de lo previsto, pero se ha revelado como una buena idea. De este modo la antología cobra coherencia, los relatos se ayudan entre sí dando lugar a una especie de sinergia metaliterario. Estoy convencido de que, de haberse publicado de forma individual, por ejemplo en antologías colectivas, estos relatos no habrían causado ni de lejos el mismo efecto en los lectores (lo cual llevaría a otras reflexiones necesarias sobre la absurda fiebre de lass antologías colectivas, pero no es esta la ocasión apropiada).

Lo que ya no tengo tan claro es que dejar Fontenebra tan difuminada haya sido lo más acertado o no. Por un lado yo no quería que mi población se convirtiera en una especie de Arkham, donde cada casa oculta un terrible secreto y cada caminante es un monstruo disfrazado; me parecía que de ese modo todo perdería credibilidad. Pero por otro, parece que los lectores prefieren, en su mayoría, tener algo concreto que imaginar y donde ambientar sus propias historias (por cierto que ya hay varias partidas de rol inspiradas por La Fuente de las Tinieblas, como Sangre Nueva). Quizá incluso hubiese merecido la mena relacionar con más fuerza las historias entre sí. A este respecto, y aunque ando últimamente muy parado por culpa de la vida, estoy colaborando con Tillinghast (los que frecuentéis Leyenda.net ya sabéis bien de quién se trata) para preparar un breve documento, una especie de «Secretos de Fontenebra», donde se explique la historia y situación actual de esta población ficticia, como ayuda para los aficionados. A ver si en unos meses puede ver la luz.

Volviendo al libro, muchos lectores (yo diría que todos) han acogido con entusiasmo la presencia de las «notas desde Fontenebra» donde explico un poco el origen y los objetivos de cada relato. No entiendo por qué no se hace más a menudo esto en las antologías, en lugar de tanta «biografía de los autores» que no interesa a nadie. En cuanto a las ilustraciones interiores, están muy bien pero no me da la impresión de que hayan triunfado, porque no se ve fácilmente que forman una especie de escena animada. Si era por llegar a las 300 páginas (número mágico al parecer), hubiese bastado con tocar la maquetación y hacer la letra un poco más grande, facilitando al mismo tiempo la lectura (porque estaremos de acuerdo en que 100.000 palabras dan de sobra para eso).

Y entro ya en dos aspectos editoriales que han sido fundamentales, como ya preveía: portada y distribución. Son cosas que en la edición tradicional quedan fuera de las manos del autor, y sin embargo marcan el sino del libro. La portada, y en general el aspecto exterior del tomo, da confianza al posible comprador. Al fin y al cabo le estoy pidiendo a la gente que se gaste casi 20€ en mi antología; lo mínimo es que al cogerlo parezca «un libro de verdad». Tapa dura, ilustración atractiva, buen papel… Cuenta mucho.

En cuanto a la distribución, es básico, aunque penséis que los tiempos han cambiado. Que el libro esté en tiendas físicas (y bien a la vista), que el distribuidor sea conocido y se mueva con diligencia cuando hay pedidos, que enseguida se reponga en plataformas online como Amazon, o que se le haga un hueco en las ferias del libro, es muy importante. Y eso a pesar de que la promoción no ha sido precisamente brillante, contradiciendo los dogmas de la «literatura 2.0». Para que veáis que no hay que fiarse de todo lo que se dice por ahí.

En todo eso he tenido mucha suerte con Edge y las empresas que trabajan con ellos. Me da pena pensar que si saco alguna vez otro libro (que lo dudo), con casi total seguridad no contará con un apoyo comparable a ese nivel y por lo tanto llegará a mucho menos público. En fin, c'est la vie, lo que cuenta es haber llegado hasta aquí. Feliz cumpleaños, Fontenebra .

La fuente de las tinieblas, Aitor Solar.
Edge Entertainment, 2016. 315 págs, 19.95€.

lunes, 26 de junio de 2017

Lecturas 2017 (I)

Nunca he llevado cuenta de mis lecturas, soy un poco caótico a ese respecto, pero a comienzos de 2017 decidí consignar lo que iba leyendo, como veo que hace mucha gente, por si salía algo interesante. Observaréis que unas cuantas han sido relecturas; tenía ganas de recuperar libros que me impresionaron en su momento.

Mi idea original era esperar a final de año y ponerlos todos juntos, pero me estaba quedando ya un artículo demasiado largo e incómodo, así que vamos a empezar por los diez primeros y ya seguiremos más adelante. Ha habido un poquito de todo, aunque se han colado varias novelas cortas (y me alegro, es una extensión injustamente despreciada en la actualidad). Cuando acabe, si sigo con ganas, intentaré preparar algunas estadísticas globales.

Esta es la lista:

Adiós a las armas,
Ernest Hemingway (1929).
Debolsillo, 2013. 374 págs.

Un auténtico clásico, con el estilo aparentemente fácil que hizo famoso a Hemingway y una visión descarnada de la guerra y la vida. El protagonista es un oficial de ambulancias en el frente italiano de la Primera Guerra Mundial, y aunque cuesta un poco pillar el ritmo de lectura, con tantas frases cortas y la ausencia de subordinadas, merece la pena insistir.

En busca del rey [relectura],
Gore Vidal (1950).
Edhasa, 1984. 245 págs.

Interesante mezcla de novela histórica con elementos de fantasía y, como original protagonista, un juglar, aunque se nota que es una obra primeriza. Se centra en la búsqueda del rey Ricardo Corazón de León durante su cautiverio en Alemania (finales del s. XII) y ya hablé largo y tendido de ella en su correspondiente entrada.

La balada del café triste,
Carson McCullers (1951).
Booket Austral Básicos, 2014. 160 págs.

Maravillosa representación del gótico sureño y sus personajes aberrantes y atormentados, pero dotados de gran humanidad. Son varios relatos, y aparte del que da título al libro hay otros estupendos, como Wunderkind.

Por ahora McCullers es mi descubrimiento del año, espero seguir con más obras de esta autora en cuanto aligere la pila de pendientes.

El libro de Monelle,
Marcel Schwob (1894).
Editorial Sirio, 2009. 95 págs.

Una maravilla. Principal muestra del simbolismo francés, es una obra maestra llena de sensibilidad y nostalgia. Marcado por la muerte de una prostituta a la que amaba, Schwob crea alrededor de su recuerdo su propia mitología, mezcla de inocencia, crueldad y sensualidad. Cosas así dan sentido a la literatura, aunque hay que saber sintonizar con lo que pretende el autor.

Cuentos eróticos de los locos años 20, vv.aa. (1920s).
Clan Editorial, 2004. 295 págs.

Cogí esta antología más por interés histórico en la época que otra cosa, pero la verdad es que sorprende la apertura de miras de nuestros abuelos, con temáticas (incesto, homoerótico, masoquismo…) que hoy día no encontrarían hueco en publicaciones estándar. La calidad varía mucho, por descontado, desde cosas realmente bien escritas y cultas a otras sórdidas que sólo iban a lo que iban, pero ha sido un libro revelador en varios sentidos.

Mejillones para cenar,
Birgit Vanderbeke (1990).
La Galera, 2009. 106 págs.

Una obra curiosa, formalmente muy original pero que se lee sin dificultad. Novelette de vanguardia muy famosa en Alemania en su momento, creo que abusa de la crítica a la figura tradicional del cabeza de familia hasta rozar la parodia y no ha acabado de envejecer bien, pero por lo demás ha sido un descubrimiento afortunado en un tipo de literatura que no suelo frecuentar.

Al otro lado del río,
Jack Ketchum (2003).
El Andén, 2008. 108 págs.

Escogí esto para empezar con Ketchum por su brevedad y uff, muy pobre. Una especie de weird western fronterizo que no es ni una cosa ni otra. A pesar de que me encantan las novelas cortas, a esta historia le falta extensión, poder empatizar con los personajes y no meter tanta escena bestia que aporta bien poco. La traducción tampoco da sensación de ser gran cosa.

Viaje a través del cristal,
George Sand (1864).
Adiax, 1982. 237 págs.

Es lo primero que leo de la baronesa y se me ha hecho muy cuesta arriba. Su dominio de la prosa es magistral, pero la historia se arrastra y esa obsesión por seguir los patrones del relato fantástico decimonónico, tan artificiales y fríos, torpedean lo que pueda tener de original la trama (que en sí no está mal). El libro contiene algunos relatos más, irregulares.

El diamante tan grande como el Ritz, Cuentos 1,
Francis Scott Fitzgerald (1920-28).
Debolsillo, 2015. 858 págs.

Primer tomo de los cuentos completos de Fitzgerald, un formato que él mismo consideraba menor pero donde dejó sus mejores perlas (como El extraño caso de Benjamin Button, incluido en este volumen). Hubiera preferido una selección de relatos, aunque reconozco que desde el principio son buenos y además muy reveladores de esa juventud de los locos años 20 que empezaba a tomar forma. Sus personajes femeninos en particular son arquetípicos de la época y resultan todavía muy refrescantes.

Harry Potter y la piedra filosofal,
J.K. Rowling (1997).
Salamandra, 2010. 254 págs.

Por insistencia extrema de mi hijo voy a empezar a leerme la saga de Harry Potter. El objetivo es llegar por lo menos hasta la cuarta novela.

Esta primera es simpática aunque irregular, muchas buenas ideas mezcladas con secciones lentas y muy difíciles de creer (lo de los Dursley, principalmente), con una historia muy básica y clásica (niño pobre descubre que es famoso y tiene poderes) pero que se salva con un final inesperado.

Nota: La segunda parte de esta lista se encuentra em este artículo.

viernes, 16 de junio de 2017

Firmando se aprende

Como ya anuncié por aquí, el pasado día 2 estuve en la Feria del Libro de Madrid firmando La Fuente de las Tinieblas en la caseta de Atlántica Juegos (una gente majísima, por cierto, y con mucha experiencia en estas cosas). Pongo algunas fotillos a lo largo del artículo para que veáis que no miento.

La verdad es que algo así hace ilusión, y más porque yo vivía de crío cerca del Parque del Retiro y mi padre me llevaba siempre a la feria (antes incluso de que aprendiera a leer), y luego la frecuenté mucho de adolescente, preso de mi pasión por la literatura de género. Así que, quieras que no, es como otro logro conseguido, aunque no se puede decir que reventara la feria con mi presencia. De La Fuente de las Tinieblas debí de firmar seis o siete ejemplares, aparte de unos cuantos de las antologías pequeñas de Edge, Ritos de Dunwich y Adoradores de Cthulhu, ya que también estaba conmigo firmando Rubén Serrano, el recopilador. No fue un exitazo, tampoco un fracaso absoluto; digamos que pasable, como tantas cosas en la vida.

Por lo que me contaron, las sesiones de firmas en las ferias van a rachas. Y es verdad, de repente se acumula gente preguntando por tu libro y estás intentando que todos tengan acceso a él, y luego te pasas un buen rato que no viene ni el Tato, así que aproveché para sacar algunas reflexiones de lo que supone estar al otro lado de la barrera, y de paso las comparto aquí con quien esté interesado.

La principal es que la promoción en redes (que fue bastante intensa por parte de la editorial, la librería y los propios autores) no tuvo un impacto directo apreciable. Quienes se llevaron el libro lo descubrieron allí mismo, pasando por casualidad delante de la caseta. Lo cual es lógico si te pones a pensarlo: no somos famosos como para que nuestro mero nombre atraiga a las masas, y por otro lado mediante esos canales especializados sólo llegas a un público que casi con total seguridad ya conocía el libro y se lo compró en su momento si les interesaba. Pero atención, sí que es verdad que mover el título y hablar de él ayuda aunque la gente no vaya a las firmas: las ventas online, por ejemplo, tuvieron un notable repunte esa semana. O sea que el objetivo principal podría no estar en la sesión en sí, sino en dar vidilla adicional a libros con unos meses de antigüedad. Tenedlo en cuenta al sopesar estas iniciativas.

Sobre el público en sí, también hay alguna conclusión curiosa que extraer. Por ejemplo: por lo visto las jóvenes lectoras se interesan mucho por las novedades, y en la feria hay un montón (de novedades y de chicas), así que muchas estuvieron hojeando el libro y preguntando por el tipo de historias que incluía. Y también se acercaron varias mujeres mayores que no sólo conocían la obra de Lovecraft sino que controlaban del tema (y de verdad, nivel «pronuncio Cthulhu mejor que tú»). Pero ni unas ni otras acabaron decantándose por La Fuente de las Tinieblas o por las otras antologías de Edge; todo lo que se vendió fue a varones. De hecho, en el único caso en que unas chicas compraron el libro, al preguntarles a qué nombre lo dedicaba resultó que se lo iban a regalar a un amigo. Es raro, porque todos los informes apuntan a que las mujeres leen de media más que los hombres. ¿Son los Mitos una excepción, o afecta a todo el género de terror, o qué sucede? Porque en la presentación del libro el panorama fue muy similar, y me atrevería a decir que en Leyenda.net también ocurre lo mismo. Hay una barrera que romper ahí.

Por supuesto, lo que más vende son las sagas de fantasía de moda, y si están dirigidas a un público joven, doble premio. Es que no hace falta ni promocionarlas, viene la gente a pedirlas y se las llevan a capazos. Me quedó claro que escribiendo terror pierdo el tiempo . Pero en general todo el mundo fue muy amable y aunque no les interesara tu libro te deseaban suerte, y se agradece, aunque descubrí que también en estos eventos hay quien se dedica a vacilar y a tocar un poco las narices, sabiendo que debes ser educado con ellos. No sólo conmigo, con los propios dependientes de la librería para comprar un puñetero libro. ¿En serio hay personas con una vida tan triste como para tener que comportarse así? Ay, qué poca fe me queda en la humanidad.

Pero bueno, en resumidas cuentas fue una experiencia positiva, no tan glamourosa como se supone pero sí instructiva. Y oye, que he estado firmando en la Feria del Libro y vosotros no 😛.

martes, 6 de junio de 2017

Do you read Sutter Cane?

Sin duda una de mis mayores influencias literarias (y estoy seguro de que esto mismo se podía aplicar a muchos de quienes escribimos terror en la actualidad) ha sido la obra de Sutter Cane, que en mi caso devoré a principios de los años 90 en aquellas ediciones baratas que sacó en tapa blanda Arcane Publishing (ya desaparecida, por cierto). Unas historias impactantes que redefinieron el género tal como se conocía hasta ese momento.

Cane fue un autor enigmático y reservado, que dejó de escribir de forma tan sorpresiva como había sido su aparición unos pocos años antes, y cuyo legado tristemente comienza a olvidarse. En buena parte por su propia culpa, ya que él mismo (o sus herederos, ni eso está claro) impidió la reedición de sus novelas cuando dejó la literatura, como ya se había negado antes a autorizar la traducción de las mismas a otras lenguas. Esto hace que esos viejos tomos usados, de papel ya amarillento y tapas desgastadas, alcancen precios prohibitivos en el mercado de segunda (y tercera) mano, impidiendo que el público general se aproxime y descubra su obra. Una lástima.

Hay quien le consideraba heredero de H.P. Lovecraft, otros sucesor de Stephen King, y en efecto se podían encontrar aspectos de ambos autores en sus libros (mismamente los títulos de las novelas parecen homenajearles), o puntos en común como esa ambientación en una Nueva Inglaterra rural, llena de oscuros secretos y rituales impíos. Sin embargo, Cane supo dar a sus escritos un carácter propio que atrapaba al lector, le sumergía en la historia hasta un punto en que costaba desengancharse. Cuántas veces habré cerrado bruscamente una novela, tratando de readaptarme a mi entorno, con la mente llena de esas imágenes perturbadoras que se negaban a desaparecer… Ah, ya no se publican libros así. No es de extrañar que sus fieles aficionados nos saludáramos en las convenciones, o al ver a alguien por la calle con una de sus novelas en la mano, con ese ya mítico "Do you read Sutter Cane?" que tan buenos recuerdos nos trae .

Para los que no hayáis tenido la fortuna de conocerlo de primera mano, creo que su estilo podría definirse como una mezcla de horror cósmico y ese gore (casquería, que decíamos por aquí) que había puesto de moda Clive Barker pocos años antes. Ciertamente las novelas de Sutter Cane están plagadas de escenas desagradables, estomagantes muchas veces, donde no nos ahorra ni un ápice de dolor y crueldad. Sin embargo, y aunque ya sabéis que no soy nada fan de la sangre, creo que Cane logra superar a sus coetáneos dando una significación superior a lo que cuenta. No se trata de mostrar depravaciones sin sentido, por el mero placer de escandalizar al lector, sino que todo está muy bien hilado dentro de una estructura de abandono cósmico, de futilidad de la existencia humana, que hace que esos actos en principio aberrantes resulten plenamente coherentes y hasta naturales.

Ese efecto se ve reforzado cuando lees varias de sus novelas y vas descubriendo que hay una capa superpuesta que conecta todas ellas y les otorga significados adicionales, algo que el público general (y los críticos) normalmente pasaba por alto pero que para los aficionados era realmente la guinda del pastel, un premio adicional a nuestra fidelidad. Con esa nueva información (o perspectiva más bien), releer las novelas anteriores constituía prácticamente una nueva experiencia, acceder a un nuevo grado de inmersión literaria (y explica, de paso, que los ejemplares que perduran estén tan manoseados). Cómo podía tener Cane tanta imaginación y planificar tan bien de antemano toda su obra es algo que aún hoy me llena de admiración, y que se ha intentado imitar siempre en vano. Yo, desde luego, no me veo capaz. Es como si una conciencia sobrenatural guiara con maestría sus palabras.

Todos estos niveles de lectura exigían mucha atención al lector, como es lógico. Tomar notas, releer, combinar incluso capítulos de diferentes novelas que a primera vista parecían inconexos… Todo esto creaba una conciencia de grupo entre los verdaderos devotos de Cane, que algunos se tomaban quizá demasiado a pecho. Si nos ponemos a pensarlo, nada en el fondo muy diferente a lo que pasó tiempo después, por ejemplo, entre los aficionados a la saga de Harry Potter. Sin embargo, y supongo que dada la naturaleza aterradora de la obra de Cane, los medios de desinformación aprovecharon (como siempre) algunos accidentes aislados para culpar a este género literario de la violencia que en realidad palpita en la sociedad moderna, buscando siempre una excusa para manifestarse. Una pena, porque conozco a varias personas que no quisieron acercarse a las novelas de Sutter Cane por culpa de esta injustificada mala fama. Como si un libro fuese a alterar tu personalidad.

Actualmente, y gracias a internet, es mucho más fácil encontrar información sobre el subtexto de las novelas: pueblos, personajes que reaparecen, edificios malditos… Lo que antes obligaba a dejarse la vista durante días ahora está a un click de distancia. Sin embargo, id con ojo porque, curiosamente, la mayoría de las versiones pirateadas de las novelas que corren por ahí están drásticamente recortadas o incluso tienen partes inventadas que no se parecen en nada a los originales (y lo digo después de haber comparado varias con los ejemplares que conservo en casa). Muy extraño.

Por desgracia la séptima novela de Cane, que se suponía que iba a acabar de pintar ese lienzo colectivo y cerrar los cabos sueltos que quedaban, nunca llegó a publicarse. Titulada provisionalmente In The Mouth of Madness (aparece anunciada en algunas de las últimas tiradas de las novelas precedentes), los detalles exactos de su frustrada publicación nunca han sido aclarados. O, por lo menos, no de forma satisfactoria.

Hay fuentes que aseguran que los editores rechazaron el manuscrito por «excesivo» (algo difícil de creer, sobre todo por los ingresos que sin duda habría generado para la propia editorial), otras que el original fue destruido por el motivo que fuera y que Cane (que escribía a máquina y no hacía copias de sus originales) no estuvo dispuesto a reescribirlo y dio carpetazo a su carrera literaria. Por fin, no falta quienes dicen que simplemente Cane no se vio capaz de dar una culminación a su obra con la calidad que se esperaba de él. Como nunca hubo una declaración oficial (y Cane jamás ha concedido una entrevista), cada uno puede quedarse con la explicación que más le satisfaga.

El caso es que sus fieles lectores nos quedamos, por así decirlo, sin nuestra droga en su punto álgido, obligados a un desenganche forzoso que, lo admito, fue duro superar. A veces aparecen textos espurios que pretenden ser capítulos rescatados de la novela (de manera similar a lo que sucede con el ficticio Necronomicón que inventó Lovecraft), pero su calidad es siempre muy inferior a la que acostumbraba Cane. Quién sabe, quizás haya sido mejor así, puede que nuestras expectativas fuesen tan elevadas que nada, por tremendo que fuera, hubiese podido colmarlas. Nunca lo sabremos.

Pero que eso no os impida, si tenéis la oportunidad, disfrutar de los libros que sí nos dejó, aunque cada vez sea más complicado conseguirlos. Y ya sabéis, si os encontráis con alguien que parezca interesado, preguntadle siempre: Do you read Sutter Cane?