lunes, 21 de diciembre de 2015

El aspecto de Innsmouth

"There certainly is a strange kind of streak in the Innsmouth folks today - I don't know how to explain it but it sort of makes you crawl. Some of 'em have queer narrow heads with flat noses and bulgy, starry eyes that never seem to shut, and their skin ain't quite right. Rough and scabby, and the sides of the necks are all shriveled or creased up. Get bald, too, very young."

The Shadow over Innsmouth, H.P. Lovecraft, 1931

Hace unos meses estaba escribiendo un relato de los Mitos de Cthulhu y me topé con cierto obstáculo. Se daba a entender que uno de los personajes (una mujer, por ser más preciso) estaba emparentada con los profundos, pero sin embargo resultaba enigmáticamente atractiva. Tradicionalmente, aquellos que tienen lo que Lovecraft llamó «the Innsmouth look» distan de poder considerarse hermosos. No fue algo que me detuviera; la trama lo exigía y punto, pero reconozco que me incomodó un poco romper con el canon sin una buena justificación.

Y he aquí que meses después me topo por casualidad con una foto que me llama la atención, de una chica con las características que yo tenía en mente. Esos ojos ligeramente protuberantes y fríos, el pelo lacio, labios que recuerdan a los de un pez, incluso la piel de la mejilla da sensación de rugosidad. Y a la vez posee una innegable belleza. Existe.

Me he puesto a buscar y se trata de la modelo estadounidense Jennifer Sullins, conocida también como Ryonen. No en todas las fotos parece una profundilla pero oye, algo tiene. Así que me siento reivindicado en mi reinterpretación de los Mitos de Cthulhu .

Para no dejar a nadie con la miel en los labios enlazo a continuación un par de galerías con fotos suyas, pero advierto que no son demasiado «worksafe», luego no os lamentéis: una y dos. Y a mestizarse con los profundos…

martes, 15 de diciembre de 2015

Castle y los negros

Por si a alguien no le suena, Castle es una serie norteamericana de la ABC que también se emite en España. Se centra en las andanzas de Richard Castle, un exitoso escritor de novelas de misterio que colabora con la policía, en particular con la inspectora Beckett (de quien acaba enamorándose, como no podía ser de otro modo). Personalmente la serie me gusta mucho, precisamente por lo poco realista que es, un poco al estilo de las viejas series de los años 80. En particular, la lujosa vida de millonario playboy que se da Castle gracias a las ingentes ganancias que le proporcionan sus libros me hace reír por lo poco que se parece a la existencia de un verdadero escritor, aunque sea de bestsellers.

Hasta ahí, bien. Pero dado el éxito que tenía la serie, alguien debió de pensar: «oye, ¿por qué no publicamos los libros de Castle que se mencionan en algunos capítulos?». Y dicho y hecho, la máquina editorial se puso en marcha con su habitual eficiencia. En Estados Unidos llevan publicados al menos ocho novelas (y varias adaptaciones a cómic), y aquí en España cinco que yo sepa. Y se venden muy bien, mejor que muchas otras novelas del género.

Cuando los vi por primera vez en una librería, me pregunté de inmediato quién sería el autor, y no me creo que sea yo el único. Todos sus lectores (y no son pocos) saben perfectamenbte que los libros no los ha escrito Richard Castle, puesto que no existe, y desde luego tampoco el actor que lo interpreta, Nathan Fillion. Pero ni en la portada ni en el interior de las novelas aparece por lado alguno el nombre del autor o autores (porque parece ser que han sido diferentes de unas novelas a otras, a conveniencia de los administradores de la marca).

Lo siento, pero a mí esto me parece una vergüenza. Sí, cierto, negros literarios ha habido siempre (el propio Lovecraft fue ghostwriter), los libros por encargo no tienen nada de raro (ahí está tanta biografía de famoso), pero por lo general siempre se ha intentado disimular. El lector medio creía, o quería creer, que el autor era el tipo cuyo nombre que aparecía en la portada. Aquí no, no se engaña al lector, se deja bien a las claras que el escritor no tiene la menor importancia. Y el público compra y lee, fiel.

¿Qué hubiera costado poner el nombre del autor real en alguna parte, aunque fuera en pequeño en mitad del texto legal, como se hace a veces con el traductor? O al menos admitir su labor públicamente, que reciba justo reconocimiento si ha hecho un buen trabajo. Pues no, todo es márketing y el autor es lo de menos. «Si no te gusta, nos buscamos a otro juntaletras». Y no les falta razón: estos mismos libros, publicados sin el paraguas de la serie y bajo el nombre real del autor, habrían vendido muchísimo menos. ¿Somos una masa aborregada a merced del mercado? Y tanto que sí. A este paso no habrá autores, habrá marcas.

Ahora bien, estuve ayer comentando este tema por las redes sociales y me encontré con varias personas que no veían problema en todo esto: es un trabajo como otro cualquiera: el autor escribe, cobra y adiós muy buenas. Es una opinión respetable. Seguramente sea yo el ingenuo por pensar que las cosas pueden ser de otro modo, y desde luego cada vez es más difícil que libros, películas o cómics triunfen sin el respaldo de un nombre conocido o una saga famosa. Simplemente mirad la cartelera y lo comprobaréis. Es lo que hay.

Pero no tiene por qué gustarme.

Actualización 19/10/17

De pura casualidad he podido leer uno de los libros «de Castle». Resulta que los tienen todos en la biblioteca municipal (ni harto de vino pago un euro por esto) y he sacado el primero, Ola de calor.

Qué puedo decir, es bastante mediocre. Los personajes y situaciones están sacados de la serie, pero no son ellos mismos, como si Richard Castle se hubiese limitado a volcar en papel lo que ha visto en comisaría, cambiando lo mínimo: Jameson Rook, igual que Castle, se ha pegado a la inspectora Heat porque el alcalde le debe un favor, pero en lugar de escritor es periodista. Ah, y su madre es actriz de televisión y no de teatro como en la serie. Heat se metió en la policía porque su madre fue asesinada, pero en su casa en vez de en un callejón. Los demás personajes igual: la forense amiga de Heat, los dos policías, uno latino… Para eso hubiese sido mucho menos confuso y más interesante escribir las aventuras de Castle y Beckett como un capítulo más, la verdad.

A propósito, se rumorea que al final el autor de estos libros, o por lo menos de los primeros, es Tom Straw. No le auguro mucho futuro.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Pero, mas, empero

Cualquiera que se haya dedicado a escribir y se tome mínimanente en serio su tarea, se habrá enfrentado al problema de evitar en la medida de lo posible las palabras duplicadas próximas. Uno de los casos más habituales es el de «pero», una conjunción frecuente que en la lengua hablada no choca pero que escrita una y otra vez puede sobrecargar el texto.

El primer apaño es recurrir a las locuciones «no obstante» y «sin embargo», pero no siempre sirven porque, evidentemente, su significado no es exactamente el mismo. A veces, un pero es un pero, y nos pilla demasiado cerca de otro. Es entonces cuando uno tiende a echar mano del poeta juvenil que aún vive en su interior y recuerda esas dos bonitas palabras, «mas» (ojo, sin tilde) y «empero». Qué lirismo aportan, que sonoridad. Pero casi nunca funcionan. Por más que nos empeñemos, hoy por hoy son arcaísmos y salvo en textos que busquen precisamente parecer anticuados o se ambienten en siglos pretéritos, van a quedar mal (sobre todo «empero»; «mas» tiene la ventaja de que al ser un monosílabo no llama tanto la atención durante la lectura).

Recuerdo con claridad una novela de un escritor español que leí hace años (permitidme que no cite el título). El estilo literario era más bien justito, chabacano a menudo, y cada dos o tres páginas soltaba un «empero» que destacaba como un grano en la frente. Daba la impresión de que el autor había pensado: «ey, he aprendido esta palabra culta, voy a soltarla donde pille aunque no encaje». No tiene sentido caer en un fallo tan obvio.

¿Soluciones? Se puede probar con «aunque» o «sino» (y por favor, no confundir esta última con «si no», que ya vale). Si se trata de un diálogo, revisemos por si esos «peros» son sólo de énfasis («—¡Pero qué dices!») y podemos librarnos de alguno. Y a malas, reestructurar la frase. Si hay varios «peros» cercanos suele ser porque estamos intercalando ideas afirmativas y negativas, igual se puede juntar todo lo positivo a un lado y todo lo negativo a otro, separados por un único «pero».