lunes, 21 de agosto de 2017

Literatura sicalíptica

¡Por fin vamos a hablar de sexo en Disportancia! Pero que nadie se asuste, será sexo literario. En particular, la literatura erótica española, que vivió una pequeña era de esplendor a principios del siglo XX y es un tema que siempre me ha llamado la atención por lo que tiene de rebelde e ingenuo a la vez.

La literatura erótica ha existido siempre, por supuesto, aunque nuestro país ha ido por detrás de buena parte del continente y en particular de Francia, que en las novelitas que nos ocupan aparece a menudo como origen de la depravación narrada (y es que, hasta hace relativamente poco, «francés» seguía siendo sinónimo de erótico y escandaloso, incluso en la literatura seria). Aunque las primeras obras calificables como tal aparecen aquí a finales del siglo XIX, se vivió un pequeño boom a partir de la Primera Guerra Mundial y sobre todo durante los años 20 y primeros 30. Es muy curioso observar que la dictadura de Primo de Rivera (1923-30), tan mojigata y puritana ella, con su obsesión por la pureza moral del país, no consiga frenar en absoluto esta corriente de literatura erótica y obscena, y que las leyes que existen para perseguirla apenas se aplican. Quizá porque se trataba de una dictadura castrense, y ya se sabe que los militares nunca han puesto reparos al sexo. También sorprende que durante la Segunda República (1931-36) esta producción, si bien no desaparece, sí que se atenúa y la literatura «rompedora» pone más énfasis en lo ideológico y lo social, fruto tal vez de las inquietudes del momento.

Sicalíptico, bonito vocablo tan acotado en época y uso, hoy casi olvidado y sinónimo antaño de todo lo inmoral y picante. Dice la RAE que sicalipsis es «malicia sexual, picardía erótica», y se usa casi exclusivamente para referirse a obras y situaciones de principios de siglo a la guerra civil.

En todo caso no existe un paralelismo directo con el «destape» que tuvo lugar en España al final de la dictadura franquista, en los años 70. Aquí más bien parece que son las corrientes liberales internacionales las que van horadando la decencia tradicional. Por supuesto, pese a su popularidad estas novelas (y revistas y fotonovelas) no dejaban de ser objetos vendidos bajo mano, principalmente en quioscos callejeros y con tiradas de mala calidad que ocultan imprenta, autor y hasta editorial, nunca pensados para perdurar. Es una literatura producida y consumida casi exclusivamente por hombres, a pesar de que algún autor utilice pseudónimos femeninos para, imagino, excitar la libido del lector. Si alguna mujer la leía, era sin duda con más discreción aún que los varones y nunca adquiriéndola directamente.

Con tan amplia producción ya podéis deducir que hay de todo, desde textos sensuales de calidad a la pornografía más chabacana de prosa ramplona. Casi siempre son cuentos de unas pocas decenas de páginas o como mucho novelas cortas, y los temas suelen ser los de siempre. A menudo toman como protagonista a una joven inicialmente pura que va cayendo en las diversas etapas de iniciación sexual con diversos «caballeros», aunque de tanto en tanto le sorprende a uno encontrar homosexualidad, travestismo o las parafilias más diversas, a veces hasta bien tratadas. Autores prolíficos de este género (a menudo bajo uno o varios alias) fueron Pedro Morante, Álvaro Retana, José Sanxo o incluso el famoso Emilio Carrere, que no le hacía asco a nada que proporcionara ingresos fáciles.

Uno de los aspectos que más me gustan, y que a menudo se pasa por alto, son las ilustraciones que atraían la atención desde la portada y que también solían acompañar al texto, seguramente para ayudar a la imaginación. Aunque de nuevo aquí hay de todo, lo cierto es que por lo general son de bastante calidad y hasta elegantes, como las del gran Rafael de Penagos (al que mi padre conoció personalmente cuando este vivía en la calle Ayala de Madrid) o José Loygorri, Max Ramos o Varela de Seijas, por citar a unos pocos. Eran también grandes cartelistas de moda, y el hecho de que los editores puedan pagar su arte para estas obras indica que el negocio daba dinero. En la mayoría de los casos estos ilustradores siguen la estética del art déco que se impone en Europa y Estados Unidos por esas fechas. Se observa en esas imágenes, lo mismo que en los textos, una curiosa contienda entre el ideal de mujer tradicional (rellenita, de carnes prietas y apasionada en la intimidad) y el moderno que iba extendiéndose poco a poco, de mujer delgada, de pechos pequeños y despreocupada respecto al qué dirán.

Es un mundo muy curioso, casi clandestino, que todos conocían pero nadie mencionaba en público, y que queda definitivamente enterrado con la guerra civil y la posterior instauración de la dictadura. Si os interesa el tema, varias editoriales han publicado compendios o facsímiles de algunas de estas obras, amén de que todavía se pueden conseguir originales (aunque no en muy buen estado) en librerías de viejo o páginas de venta de libros usados. Un buen punto de contacto es la antología Cuentos eróticos de los locos años 20 de Clan Editorial (2004), así como la colección La Novela Pasional de la editorial sevillana Renacimiento, pequeños libritos que se leen en un suspiro (de pasión ).

miércoles, 9 de agosto de 2017

A vueltas con la coedición

Hace unos años saltó a la palestra del «mundillo escritoril» el peligro de las llamadas editoriales de coedición. Supongo que todo el mundo sabrá a estas alturas de qué va el tema, pero básicamente son editoriales en apariencia normales pero que descargan los costes reales de la edición en el autor, bien pidiéndole directamente dinero para financiar la tirada, o con mayor sutileza indicándole que debe asumir unas ventas mínimas durante la presentación del libro (cincuenta, ochenta, cien ejemplares…) cuyos ingresos serán, íntegramente o en su mayor parte, para la propia editorial. Con eso ellos ya cubren gastos; de hecho esa suele ser la tirada completa de la primera edición, las subsiguientes reimpresiones serán print-on-demand o ni eso, y se limitan a obtener los beneficios que genere la edición digital.

Visto así, la verdad es que este tipo de editoriales da bastante grima, y yo personalmente no me planteo recurrir a sus servicios. Sobre todo por el tema de las ventas durante la presentación; soy un tipo asocial e impopular y difícilmente voy a vender nada con mi don de gentes. Ahora bien, transcurrido un tiempo desde aquellas polémicas, constato que las diferencias entre editoriales tradicionales y coeditoriales han ido haciéndose cada vez más difusas, y me atrevería a decir que ahora mismo apenas hay desventajas en este sistema, siempre que uno sepa dónde se mete.

Para empezar, porque las coeditoriales han espabilado y evolucionado (es lógico, compiten entre sí por el mercado del escritor ingenuo o desencantado) y hacen un trabajo más profesional; por ejemplo, cuentan con portadistas realmente capaces y recurren a imprentas de calidad. Pero si las diferencias con las editoriales tradicionales se han desdibujado es principalmente porque estas últimas han empeorado bastante (por supuesto estoy generalizando, con todo lo que ello supone). Voy a hacer, con vuestro permiso, un pequeño repaso de las críticas que se hacían habitualmente a la coedición y por qué han perdido validez:

Las coeditoriales no se preocupan por la distribución ni por la promoción de tu libro, porque tú ya has pagado los gastos y el resto les da igual. A ver, esto es verdad pero seamos sinceros, la gran mayoría de editoriales «serias» se esmeran muy poco en la promoción de los libros, salvo que seas un fabricante de bestsellers o un famosete. A lo sumo están un par de semanas con ello y luego adiós muy buenas. Y en esta época en la que la promoción principal es por la red, si quieres que tu libro siga vendiéndose o incluso que llegue a oídos de posibles lectores te vas a tener que encargar tú de todas todas.

El tema de la distribución sí es crítico, porque es un pilar fundamental para las ventas y una editorial potente contará con buenos canales para poner el libro delante de los potenciales lectores. En esto hay que dar la razón a la sabiduría popular. Pero ojo, muchas (muchísimas) editoriales medianas/pequeñas tienen una distribución muy reducida, que en la práctica no va a ser peor que la de una coeditorial, y es algo que se debe tener en cuenta. Es decir, si ya asumes que la distribución va a ser mala porque no puedes publicar con una casa potente, tu situación final no se va a diferenciar mucho tanto si optas por la edición tradicional como por la coedición (o la autoedición, dicho sea de paso).

Las coeditoriales tienen muy poco filtro, aceptan cualquier cosa. Esto también es cierto, porque su estrategia de negocio depende de sacar libros de forma continuada, pero tampoco es algo malo de por sí. Casi todas las editoriales tradicionales implementan filtros absurdos que nada tienen que ver con la calidad, como cerrar la admisión de nuevos originales pero seguir admitiendo cosas de gente que ya ha publicado con ellos, a pesar de que haya sido un fracaso, porque son colegas (con lo cual sigue llenándose su programación y se posterga aún más la apertura a nuevos autores), buscar sólo novelas sobre temas de moda (sean zombis, romance paranormal, etc.), depender de los agentes literarios (que no deja de ser subcontratar su criterio editorial) o, en el mejor de los casos, llevar un retraso de entre seis meses y un año para valorar un original. Sí, en la coedición se publica mucha basura, pero en la edición tradicional también. Y nada impide que a una coeditorial llegue una obra maestra, si a eso vamos.

Los libros que sacan las coeditoriales tienen mala pinta. No, esto ya no es así. En general se puede decir que la calidad física de los libros ha caído en barrena; no es nada raro encontrarse libros impresos en restos de papel, con mala fibra (lo veréis porque las hojas empiezan a hacer ondulaciones), tinta apestosa, etcétera, por un precio muy elevado. Una coeditorial no lo va a hacer peor, no es físicamente posible. De hecho y por lo que voy viendo, los libros de coeditoriales cada vez tienen mejor aspecto, buenas portadas y encuadernación decente. Como decía, se han puesto las pilas. Y no nos engañemos, el aspecto de un libro es muy importante para encandilar al hipotético comprador.

Y en fin, tampoco me apetece seguir con la lista (es agosto y hace mucho calor), lo que quiero dar a entender es que en el fondo no es tan diferente la edición tradicional de la coedición, sobre todo si eres un autor desconocido, y que de ambas maneras te puede salir bien o mal la aventura. Con la coedición las cosas van más rápido y no te llamas a engaño (siempre que sea una coedición honesta y no una estafa, claro), y las editoriales pequeñas tienen tantas dificultades para subsistir que cada vez descargan más tareas en el autor, desde la corrección del texto a la promoción, organizar presentaciones o incluso definir la portada. Vamos, que a fin de cuentas todo acaba pareciéndose.

Con esto no pretendo decir que la coedición sea maravillosa o la panacea para el escritor, hay mucho timador en este campo, mucho intento de explotar al autor (aún más), y reitero aquí lo que dije al principio: paso de la coedición porque no encaja con mi manera de enfocar la literatura (para eso me autoedito y santas pascuas). Pero entiendo perfectamente a quien, sabiendo dónde se mente, recurre a este sistema para sacar sus libros. Respetable y perfectamente válido.

miércoles, 26 de julio de 2017

Miran lo que leemos

Suelo leer mientras voy en transporte público, principalmente por falta de tiempo durante el resto del día y por distraerme durante el trayecto (ah, qué suerte tiene la gente que trabaja cerca de casa). Pero el otro día me pasó algo que ya me había ocurrido anteriormente, y es que siempre que leo algo «raro» (y con eso me refiero principalmente a libros que puedan parecer esotéricos o sobre temas de magia) alguien que viaje en ese momento a mi lado me acaba haciendo algún comentario sobre el libro.

A veces la portada es delatora, de acuerdo, pero otras no y está claro que han mirado el texto que estoy leyendo, lo que me lleva a pensar que siempre miran. Pero claro, cuando estás con libros más habituales, novelas de moda y demás, a nadie le llama la atención. Confieso que si veo una portada o un título que me parezca interesante puede que busque luego información en la red, pero es muy raro que mire por encima del hombro para ver el texto, la verdad. Y lo que no he hecho nunca es empezar a hacerle comentarios a un desconocido sobre sus lecturas. Será que soy muy tímido.

No sé muy bien cómo reaccionar en estos casos, porque muchas veces estoy leyendo libros que no son de temas que me apasionen, o que no puedo recomendar realmente porque me parecen mediocres, y mi interlocutor parece esperar que me encanten esas cosas. Son situaciones un tanto incómodas, en particular con mi escaso don de gentes.

Y ahora que caigo en esto, me pregunto qué habrán pensado cuando llevo otro tipo de libros, digamos con portadas macabras (cosa tan habitual en los libros de terror) o de muy mala fama (estoy pensando en cuando leía en el metro cosas del Marqués de Sade, por ejemplo). Qué imagen se habrá hecho la gente de mí .

Igual por eso hay quien forra sus libros con papeles de periódico, para que no les den la lata, y no por protegerlos como suponía yo. Pero como no te tapes con la mano como cuando no queríamos que nos copiaran en el cole, no sé cómo te vas a librar de las miradas indiscretas…

Nota: Las fotografías que ilustran este artículo forman parte de una serie de bromas con falsas portadas que el cómico Scott Rogowsky llevó a cabo en el metro de Nueva York.

sábado, 8 de julio de 2017

Reflexiones desde Fontenebra

Se cumple ahora un año desde la publicación de La Fuente de las Tinieblas, y en el mundo del mercado literario eso es una eternidad. Por suerte la distribución ha funcionado bien y el libro ha estado presente en tiendas al menos hasta navidad (que como ya imagináis es una época muy importante para las ventas), y confío en que siga disponible para los lectores interesados durante bastante tiempo aún. Pero el caso es que empieza a ir tocando pasar página y extraer lecciones de lo que se ha hecho bien y lo que podía haberse hecho mejor. Las comparto por si pueden seros de utilidad en vuestra propia carrera literaria («carrera», que palabra tan estresante, ¿no?).

Una de las decisiones que más complicaciones trajo, como ya comenté en su momento, fue la de centrar todos los relatos en una población, Fontenebra, que está descrita deliberadamente de forma muy genérica pero que muestra unos rasgos específicos, básicamente de degeneración suburbana, en un entorno claramente actual o muy próximo a la actualidad. Fue esta una restricción que me obligó a prescindir de unos cuantos relatos que no encajaban en ese entorno, lo que a su vez conllevó que el proyecto se retrasara más de lo previsto, pero se ha revelado como una buena idea. De este modo la antología cobra coherencia, los relatos se ayudan entre sí dando lugar a una especie de sinergia metaliterario. Estoy convencido de que, de haberse publicado de forma individual, por ejemplo en antologías colectivas, estos relatos no habrían causado ni de lejos el mismo efecto en los lectores (lo cual llevaría a otras reflexiones necesarias sobre la absurda fiebre de lass antologías colectivas, pero no es esta la ocasión apropiada).

Lo que ya no tengo tan claro es que dejar Fontenebra tan difuminada haya sido lo más acertado o no. Por un lado yo no quería que mi población se convirtiera en una especie de Arkham, donde cada casa oculta un terrible secreto y cada caminante es un monstruo disfrazado; me parecía que de ese modo todo perdería credibilidad. Pero por otro, parece que los lectores prefieren, en su mayoría, tener algo concreto que imaginar y donde ambientar sus propias historias (por cierto que ya hay varias partidas de rol inspiradas por La Fuente de las Tinieblas, como Sangre Nueva). Quizá incluso hubiese merecido la mena relacionar con más fuerza las historias entre sí. A este respecto, y aunque ando últimamente muy parado por culpa de la vida, estoy colaborando con Tillinghast (los que frecuentéis Leyenda.net ya sabéis bien de quién se trata) para preparar un breve documento, una especie de «Secretos de Fontenebra», donde se explique la historia y situación actual de esta población ficticia, como ayuda para los aficionados. A ver si en unos meses puede ver la luz.

Volviendo al libro, muchos lectores (yo diría que todos) han acogido con entusiasmo la presencia de las «notas desde Fontenebra» donde explico un poco el origen y los objetivos de cada relato. No entiendo por qué no se hace más a menudo esto en las antologías, en lugar de tanta «biografía de los autores» que no interesa a nadie. En cuanto a las ilustraciones interiores, están muy bien pero no me da la impresión de que hayan triunfado, porque no se ve fácilmente que forman una especie de escena animada. Si era por llegar a las 300 páginas (número mágico al parecer), hubiese bastado con tocar la maquetación y hacer la letra un poco más grande, facilitando al mismo tiempo la lectura (porque estaremos de acuerdo en que 100.000 palabras dan de sobra para eso).

Y entro ya en dos aspectos editoriales que han sido fundamentales, como ya preveía: portada y distribución. Son cosas que en la edición tradicional quedan fuera de las manos del autor, y sin embargo marcan el sino del libro. La portada, y en general el aspecto exterior del tomo, da confianza al posible comprador. Al fin y al cabo le estoy pidiendo a la gente que se gaste casi 20€ en mi antología; lo mínimo es que al cogerlo parezca «un libro de verdad». Tapa dura, ilustración atractiva, buen papel… Cuenta mucho.

En cuanto a la distribución, es básico, aunque penséis que los tiempos han cambiado. Que el libro esté en tiendas físicas (y bien a la vista), que el distribuidor sea conocido y se mueva con diligencia cuando hay pedidos, que enseguida se reponga en plataformas online como Amazon, o que se le haga un hueco en las ferias del libro, es muy importante. Y eso a pesar de que la promoción no ha sido precisamente brillante, contradiciendo los dogmas de la «literatura 2.0». Para que veáis que no hay que fiarse de todo lo que se dice por ahí.

En todo eso he tenido mucha suerte con Edge y las empresas que trabajan con ellos. Me da pena pensar que si saco alguna vez otro libro (que lo dudo), con casi total seguridad no contará con un apoyo comparable a ese nivel y por lo tanto llegará a mucho menos público. En fin, c'est la vie, lo que cuenta es haber llegado hasta aquí. Feliz cumpleaños, Fontenebra .

La fuente de las tinieblas, Aitor Solar.
Edge Entertainment, 2016. 315 págs, 19.95€.

lunes, 26 de junio de 2017

Lecturas 2017 (I)

Nunca he llevado cuenta de mis lecturas, soy un poco caótico a ese respecto, pero a comienzos de 2017 decidí consignar lo que iba leyendo, como veo que hace mucha gente, por si salía algo interesante. Observaréis que unas cuantas han sido relecturas; tenía ganas de recuperar libros que me impresionaron en su momento.

Mi idea original era esperar a final de año y ponerlos todos juntos, pero me estaba quedando ya un artículo demasiado largo e incómodo, así que vamos a empezar por los diez primeros y ya seguiremos más adelante. Ha habido un poquito de todo, aunque se han colado varias novelas cortas (y me alegro, es una extensión injustamente despreciada en la actualidad). Cuando acabe, si sigo con ganas, intentaré preparar algunas estadísticas globales.

Esta es la lista:

Adiós a las armas,
Ernest Hemingway (1929).
Debolsillo, 2013. 374 págs.

Un auténtico clásico, con el estilo aparentemente fácil que hizo famoso a Hemingway y una visión descarnada de la guerra y la vida. El protagonista es un oficial de ambulancias en el frente italiano de la Primera Guerra Mundial, y aunque cuesta un poco pillar el ritmo de lectura, con tantas frases cortas y la ausencia de subordinadas, merece la pena insistir.

En busca del rey [relectura],
Gore Vidal (1950).
Edhasa, 1984. 245 págs.

Interesante mezcla de novela histórica con elementos de fantasía y, como original protagonista, un juglar, aunque se nota que es una obra primeriza. Se centra en la búsqueda del rey Ricardo Corazón de León durante su cautiverio en Alemania (finales del s. XII) y ya hablé largo y tendido de ella en su correspondiente entrada.

La balada del café triste,
Carson McCullers (1951).
Booket Austral Básicos, 2014. 160 págs.

Maravillosa representación del gótico sureño y sus personajes aberrantes y atormentados, pero dotados de gran humanidad. Son varios relatos, y aparte del que da título al libro hay otros estupendos, como Wunderkind.

Por ahora McCullers es mi descubrimiento del año, espero seguir con más obras de esta autora en cuanto aligere la pila de pendientes.

El libro de Monelle,
Marcel Schwob (1894).
Editorial Sirio, 2009. 95 págs.

Una maravilla. Principal muestra del simbolismo francés, es una obra maestra llena de sensibilidad y nostalgia. Marcado por la muerte de una prostituta a la que amaba, Schwob crea alrededor de su recuerdo su propia mitología, mezcla de inocencia, crueldad y sensualidad. Cosas así dan sentido a la literatura, aunque hay que saber sintonizar con lo que pretende el autor.

Cuentos eróticos de los locos años 20, vv.aa. (1920s).
Clan Editorial, 2004. 295 págs.

Cogí esta antología más por interés histórico en la época que otra cosa, pero la verdad es que sorprende la apertura de miras de nuestros abuelos, con temáticas (incesto, homoerótico, masoquismo…) que hoy día no encontrarían hueco en publicaciones estándar. La calidad varía mucho, por descontado, desde cosas realmente bien escritas y cultas a otras sórdidas que sólo iban a lo que iban, pero ha sido un libro revelador en varios sentidos.

Mejillones para cenar,
Birgit Vanderbeke (1990).
La Galera, 2009. 106 págs.

Una obra curiosa, formalmente muy original pero que se lee sin dificultad. Novelette de vanguardia muy famosa en Alemania en su momento, creo que abusa de la crítica a la figura tradicional del cabeza de familia hasta rozar la parodia y no ha acabado de envejecer bien, pero por lo demás ha sido un descubrimiento afortunado en un tipo de literatura que no suelo frecuentar.

Al otro lado del río,
Jack Ketchum (2003).
El Andén, 2008. 108 págs.

Escogí esto para empezar con Ketchum por su brevedad y uff, muy pobre. Una especie de weird western fronterizo que no es ni una cosa ni otra. A pesar de que me encantan las novelas cortas, a esta historia le falta extensión, poder empatizar con los personajes y no meter tanta escena bestia que aporta bien poco. La traducción tampoco da sensación de ser gran cosa.

Viaje a través del cristal,
George Sand (1864).
Adiax, 1982. 237 págs.

Es lo primero que leo de la baronesa y se me ha hecho muy cuesta arriba. Su dominio de la prosa es magistral, pero la historia se arrastra y esa obsesión por seguir los patrones del relato fantástico decimonónico, tan artificiales y fríos, torpedean lo que pueda tener de original la trama (que en sí no está mal). El libro contiene algunos relatos más, irregulares.

El diamante tan grande como el Ritz, Cuentos 1,
Francis Scott Fitzgerald (1920-28).
Debolsillo, 2015. 858 págs.

Primer tomo de los cuentos completos de Fitzgerald, un formato que él mismo consideraba menor pero donde dejó sus mejores perlas (como El extraño caso de Benjamin Button, incluido en este volumen). Hubiera preferido una selección de relatos, aunque reconozco que desde el principio son buenos y además muy reveladores de esa juventud de los locos años 20 que empezaba a tomar forma. Sus personajes femeninos en particular son arquetípicos de la época y resultan todavía muy refrescantes.

Harry Potter y la piedra filosofal,
J.K. Rowling (1997).
Salamandra, 2010. 254 págs.

Por insistencia extrema de mi hijo voy a empezar a leerme la saga de Harry Potter. El objetivo es llegar por lo menos hasta la cuarta novela.

Esta primera es simpática aunque irregular, muchas buenas ideas mezcladas con secciones lentas y muy difíciles de creer (lo de los Dursley, principalmente), con una historia muy básica y clásica (niño pobre descubre que es famoso y tiene poderes) pero que se salva con un final inesperado.

viernes, 16 de junio de 2017

Firmando se aprende

Como ya anuncié por aquí, el pasado día 2 estuve en la Feria del Libro de Madrid firmando La Fuente de las Tinieblas en la caseta de Atlántica Juegos (una gente majísima, por cierto, y con mucha experiencia en estas cosas). Pongo algunas fotillos a lo largo del artículo para que veáis que no miento.

La verdad es que algo así hace ilusión, y más porque yo vivía de crío cerca del Parque del Retiro y mi padre me llevaba siempre a la feria (antes incluso de que aprendiera a leer), y luego la frecuenté mucho de adolescente, preso de mi pasión por la literatura de género. Así que, quieras que no, es como otro logro conseguido, aunque no se puede decir que reventara la feria con mi presencia. De La Fuente de las Tinieblas debí de firmar seis o siete ejemplares, aparte de unos cuantos de las antologías pequeñas de Edge, Ritos de Dunwich y Adoradores de Cthulhu, ya que también estaba conmigo firmando Rubén Serrano, el recopilador. No fue un exitazo, tampoco un fracaso absoluto; digamos que pasable, como tantas cosas en la vida.

Por lo que me contaron, las sesiones de firmas en las ferias van a rachas. Y es verdad, de repente se acumula gente preguntando por tu libro y estás intentando que todos tengan acceso a él, y luego te pasas un buen rato que no viene ni el Tato, así que aproveché para sacar algunas reflexiones de lo que supone estar al otro lado de la barrera, y de paso las comparto aquí con quien esté interesado.

La principal es que la promoción en redes (que fue bastante intensa por parte de la editorial, la librería y los propios autores) no tuvo un impacto directo apreciable. Quienes se llevaron el libro lo descubrieron allí mismo, pasando por casualidad delante de la caseta. Lo cual es lógico si te pones a pensarlo: no somos famosos como para que nuestro mero nombre atraiga a las masas, y por otro lado mediante esos canales especializados sólo llegas a un público que casi con total seguridad ya conocía el libro y se lo compró en su momento si les interesaba. Pero atención, sí que es verdad que mover el título y hablar de él ayuda aunque la gente no vaya a las firmas: las ventas online, por ejemplo, tuvieron un notable repunte esa semana. O sea que el objetivo principal podría no estar en la sesión en sí, sino en dar vidilla adicional a libros con unos meses de antigüedad. Tenedlo en cuenta al sopesar estas iniciativas.

Sobre el público en sí, también hay alguna conclusión curiosa que extraer. Por ejemplo: por lo visto las jóvenes lectoras se interesan mucho por las novedades, y en la feria hay un montón (de novedades y de chicas), así que muchas estuvieron hojeando el libro y preguntando por el tipo de historias que incluía. Y también se acercaron varias mujeres mayores que no sólo conocían la obra de Lovecraft sino que controlaban del tema (y de verdad, nivel «pronuncio Cthulhu mejor que tú»). Pero ni unas ni otras acabaron decantándose por La Fuente de las Tinieblas o por las otras antologías de Edge; todo lo que se vendió fue a varones. De hecho, en el único caso en que unas chicas compraron el libro, al preguntarles a qué nombre lo dedicaba resultó que se lo iban a regalar a un amigo. Es raro, porque todos los informes apuntan a que las mujeres leen de media más que los hombres. ¿Son los Mitos una excepción, o afecta a todo el género de terror, o qué sucede? Porque en la presentación del libro el panorama fue muy similar, y me atrevería a decir que en Leyenda.net también ocurre lo mismo. Hay una barrera que romper ahí.

Por supuesto, lo que más vende son las sagas de fantasía de moda, y si están dirigidas a un público joven, doble premio. Es que no hace falta ni promocionarlas, viene la gente a pedirlas y se las llevan a capazos. Me quedó claro que escribiendo terror pierdo el tiempo . Pero en general todo el mundo fue muy amable y aunque no les interesara tu libro te deseaban suerte, y se agradece, aunque descubrí que también en estos eventos hay quien se dedica a vacilar y a tocar un poco las narices, sabiendo que debes ser educado con ellos. No sólo conmigo, con los propios dependientes de la librería para comprar un puñetero libro. ¿En serio hay personas con una vida tan triste como para tener que comportarse así? Ay, qué poca fe me queda en la humanidad.

Pero bueno, en resumidas cuentas fue una experiencia positiva, no tan glamourosa como se supone pero sí instructiva. Y oye, que he estado firmando en la Feria del Libro y vosotros no 😛.

martes, 6 de junio de 2017

Do you read Sutter Cane?

Sin duda una de mis mayores influencias literarias (y estoy seguro de que esto mismo se podía aplicar a muchos de quienes escribimos terror en la actualidad) ha sido la obra de Sutter Cane, que en mi caso devoré a principios de los años 90 en aquellas ediciones baratas que sacó en tapa blanda Arcane Publishing (ya desaparecida, por cierto). Unas historias impactantes que redefinieron el género tal como se conocía hasta ese momento.

Cane fue un autor enigmático y reservado, que dejó de escribir de forma tan sorpresiva como había sido su aparición unos pocos años antes, y cuyo legado tristemente comienza a olvidarse. En buena parte por su propia culpa, ya que él mismo (o sus herederos, ni eso está claro) impidió la reedición de sus novelas cuando dejó la literatura, como ya se había negado antes a autorizar la traducción de las mismas a otras lenguas. Esto hace que esos viejos tomos usados, de papel ya amarillento y tapas desgastadas, alcancen precios prohibitivos en el mercado de segunda (y tercera) mano, impidiendo que el público general se aproxime y descubra su obra. Una lástima.

Hay quien le consideraba heredero de H.P. Lovecraft, otros sucesor de Stephen King, y en efecto se podían encontrar aspectos de ambos autores en sus libros (mismamente los títulos de las novelas parecen homenajearles), o puntos en común como esa ambientación en una Nueva Inglaterra rural, llena de oscuros secretos y rituales impíos. Sin embargo, Cane supo dar a sus escritos un carácter propio que atrapaba al lector, le sumergía en la historia hasta un punto en que costaba desengancharse. Cuántas veces habré cerrado bruscamente una novela, tratando de readaptarme a mi entorno, con la mente llena de esas imágenes perturbadoras que se negaban a desaparecer… Ah, ya no se publican libros así. No es de extrañar que sus fieles aficionados nos saludáramos en las convenciones, o al ver a alguien por la calle con una de sus novelas en la mano, con ese ya mítico "Do you read Sutter Cane?" que tan buenos recuerdos nos trae .

Para los que no hayáis tenido la fortuna de conocerlo de primera mano, creo que su estilo podría definirse como una mezcla de horror cósmico y ese gore (casquería, que decíamos por aquí) que había puesto de moda Clive Barker pocos años antes. Ciertamente las novelas de Sutter Cane están plagadas de escenas desagradables, estomagantes muchas veces, donde no nos ahorra ni un ápice de dolor y crueldad. Sin embargo, y aunque ya sabéis que no soy nada fan de la sangre, creo que Cane logra superar a sus coetáneos dando una significación superior a lo que cuenta. No se trata de mostrar depravaciones sin sentido, por el mero placer de escandalizar al lector, sino que todo está muy bien hilado dentro de una estructura de abandono cósmico, de futilidad de la existencia humana, que hace que esos actos en principio aberrantes resulten plenamente coherentes y hasta naturales.

Ese efecto se ve reforzado cuando lees varias de sus novelas y vas descubriendo que hay una capa superpuesta que conecta todas ellas y les otorga significados adicionales, algo que el público general (y los críticos) normalmente pasaba por alto pero que para los aficionados era realmente la guinda del pastel, un premio adicional a nuestra fidelidad. Con esa nueva información (o perspectiva más bien), releer las novelas anteriores constituía prácticamente una nueva experiencia, acceder a un nuevo grado de inmersión literaria (y explica, de paso, que los ejemplares que perduran estén tan manoseados). Cómo podía tener Cane tanta imaginación y planificar tan bien de antemano toda su obra es algo que aún hoy me llena de admiración, y que se ha intentado imitar siempre en vano. Yo, desde luego, no me veo capaz. Es como si una conciencia sobrenatural guiara con maestría sus palabras.

Todos estos niveles de lectura exigían mucha atención al lector, como es lógico. Tomar notas, releer, combinar incluso capítulos de diferentes novelas que a primera vista parecían inconexos… Todo esto creaba una conciencia de grupo entre los verdaderos devotos de Cane, que algunos se tomaban quizá demasiado a pecho. Si nos ponemos a pensarlo, nada en el fondo muy diferente a lo que pasó tiempo después, por ejemplo, entre los aficionados a la saga de Harry Potter. Sin embargo, y supongo que dada la naturaleza aterradora de la obra de Cane, los medios de desinformación aprovecharon (como siempre) algunos accidentes aislados para culpar a este género literario de la violencia que en realidad palpita en la sociedad moderna, buscando siempre una excusa para manifestarse. Una pena, porque conozco a varias personas que no quisieron acercarse a las novelas de Sutter Cane por culpa de esta injustificada mala fama. Como si un libro fuese a alterar tu personalidad.

Actualmente, y gracias a internet, es mucho más fácil encontrar información sobre el subtexto de las novelas: pueblos, personajes que reaparecen, edificios malditos… Lo que antes obligaba a dejarse la vista durante días ahora está a un click de distancia. Sin embargo, id con ojo porque, curiosamente, la mayoría de las versiones pirateadas de las novelas que corren por ahí están drásticamente recortadas o incluso tienen partes inventadas que no se parecen en nada a los originales (y lo digo después de haber comparado varias con los ejemplares que conservo en casa). Muy extraño.

Por desgracia la séptima novela de Cane, que se suponía que iba a acabar de pintar ese lienzo colectivo y cerrar los cabos sueltos que quedaban, nunca llegó a publicarse. Titulada provisionalmente In The Mouth of Madness (aparece anunciada en algunas de las últimas tiradas de las novelas precedentes), los detalles exactos de su frustrada publicación nunca han sido aclarados. O, por lo menos, no de forma satisfactoria.

Hay fuentes que aseguran que los editores rechazaron el manuscrito por «excesivo» (algo difícil de creer, sobre todo por los ingresos que sin duda habría generado para la propia editorial), otras que el original fue destruido por el motivo que fuera y que Cane (que escribía a máquina y no hacía copias de sus originales) no estuvo dispuesto a reescribirlo y dio carpetazo a su carrera literaria. Por fin, no falta quienes dicen que simplemente Cane no se vio capaz de dar una culminación a su obra con la calidad que se esperaba de él. Como nunca hubo una declaración oficial (y Cane jamás ha concedido una entrevista), cada uno puede quedarse con la explicación que más le satisfaga.

El caso es que sus fieles lectores nos quedamos, por así decirlo, sin nuestra droga en su punto álgido, obligados a un desenganche forzoso que, lo admito, fue duro superar. A veces aparecen textos espurios que pretenden ser capítulos rescatados de la novela (de manera similar a lo que sucede con el ficticio Necronomicón que inventó Lovecraft), pero su calidad es siempre muy inferior a la que acostumbraba Cane. Quién sabe, quizás haya sido mejor así, puede que nuestras expectativas fuesen tan elevadas que nada, por tremendo que fuera, hubiese podido colmarlas. Nunca lo sabremos.

Pero que eso no os impida, si tenéis la oportunidad, disfrutar de los libros que sí nos dejó, aunque cada vez sea más complicado conseguirlos. Y ya sabéis, si os encontráis con alguien que parezca interesado, preguntadle siempre: Do you read Sutter Cane?

martes, 30 de mayo de 2017

Firmas en la Feria del Libro

Sorpresivamente voy a ir a firmar a la Feria del Libro (mi primera vez, yujuuu), tanto ejemplares de La Fuente de las Tinieblas como de las dos antologías de Edge Entertainment en las que participo (Ritos de Dunwich y Adoradores de Cthulhu).

La cita es este viernes 2 de junio, de 18:30 a 20:30 en la caseta 93 (Atlántica Juegos). No dejéis pasar esta oportunidad irrepetible .

En serio, pasaos si podéis, soy consciente de que no vendrá prácticamente nadie (es lo que tiene no ser un youtuber de moda) y seguro que podemos charlar un rato de lo humano, lo divino y lo tentacular. Y como siempre, gracias a Misne por el cartel.

Actualización 1/6/17: Edge ha preparado un artículo muy majo en su página web, Nuestros autores en la Feria del libro de Madrid, donde dicen «Pásate por la Feria del Libro de Madrid para que te firmen sus relatos». Hacedles caso que saben de lo que hablan.

viernes, 26 de mayo de 2017

Bajo mi cama (microrrelato)

El anterior micro que subí al blog (aquí) tuvo una acogida bastante buena, así que he decidido poner este otro que escribí el año pasado. En su momento lo mandé a un concurso de microrrelatos de terror, debo reconocer que con ciertas esperanzas (y por supuesto en vano, no fue ni finalista).

Con Bajo mi cama pretendía darle una vuelta de tuerca a una típica situación de las historias de terror. Vosotros juzgaréis si lo logré. Son 433 palabras, título incluido.

Bajo mi cama

—Cariño, vamos a salir ya, ¿te estás vistiendo?

No respondí, no pensaba ir con ellos se pusieran como se pusieran. Estaba harto de tener que acompañarles siempre a esas aburridas visitas familiares. ¿Por qué no me podía quedar en casa? No era cierto que fuera todavía demasiado pequeño, y se lo iba a demostrar.

Sí, estaba decidido. Esta vez ni mamá ni papá me harían cambiar de opinión. Me habían dejado la ropa encima de la cama para que tardara lo menos posible, pero no iba a vestirme, seguía en pijama en actitud desafiante.

Mamá volvió a llamarme al pie de la escalera. No podía verme desde allí porque la puerta de mi cuarto estaba entornada, pero por si acaso venía decidí buscar ya un escondite. Seguro que debajo de la cama no me encontraría. Me metí rápidamente, encantado de mi ingenio.

Ya se la oía subir la escalera hacia mi cuarto, así que me quedé inmóvil para que no me descubriera.

—Cielo, te he llamado ya varias veces. ¿Estás listo o no?

Ahogué una risita para no delatarme. Esta vez sí que no me encontrarían, tendrían que irse sin mí.

De pronto oí una voz. Mi voz.

—Sí, mamá, enseguida voy.

Me tapé la boca instintivamente, pero comprendí que yo no había dicho nada. ¿Entonces quién había hablado?

En eso noté que el somier que tenía encima se hundía en varios lugares. ¿Había algo encima del colchón? ¡Pero si mi mamá no había llegado a entrar en el cuarto!

Me quedé aún más inmóvil y silencioso. Entonces, dos pies con calcetines descendieron delante de mis ojos, abiertos como platos, y unas manos de niño les pusieron mis zapatos con parsimonia. Luego las manos volvieron a desaparecer y el colchón crujió una vez más. Los pies se fueron convirtiendo en unas piernas que se pararon delante de la puerta, la abrieron y salieron.

—Estupendo, cariño —oí que decía mi madre al otro lado—, vámonos ya.

¿Es que no notaban nada? ¿No se daban cuenta de que ese no era yo? Estaba seguro de que volverían enseguida a buscarme, salí de debajo de la cama y bajé a esperarles delante de la puerta, pero pasaron horas y nada. Volví a mi cuarto a llorar. Al rato se abrió la puerta: era mi familia que regresaba, pero estaban charlando alegremente como si no hubiera pasado nada, y oí que alguien venía directo a mi habitación. Me asusté, y volví a esconderme antes de que eso me descubriera.

Desde entonces vivo aquí abajo, aterrado del monstruo que hay encima de mi cama.

Actualización 21/07/17

Mariano Mabaro me ha puesto sobre la pista de Tuck Me In, un corto dirigido por Ignacio F. Rodo en 2014 que parte de una idea de base muy similar a la de mi micro y, además, está muy bien hecho. Ya veis que ninguna idea es totalmente original, siempre puedes encontrar historias anteriores parecidas. Como decían los antiguos: «nihil novum sub sole» (y esto daría para otro artículo).

Pero es interesante comparar cómo medios distintos (cine y literatura) conllevan por necesidad aproximaciones diferentes. El corto se centra en la sorpresa del padre al descubrir lo que ocurre, y mi relato en el asombro del crío por todo el proceso, tanto la sustitución como que su familia no se dé cuenta (o no quiera darse cuenta porque el nuevo se porta mejor). Y es lógico que sea así, el cine es un medio que depende más del impacto visual, mientras que el fuerte de la literatura es meterse en la cabeza de los personajes y sus pensamientos. Y muchas veces se nos olvida, la enorme influencia de lo audiovisual en nuestra sociedad nos ofusca e intentamos escribir cosas demasiado «visuales», y resulta que no funcionan como esperábamos.

viernes, 12 de mayo de 2017

El sello de Ponapé

Acaba de salir publicada Adoradores de Cthulhu, una antología coordinada por Rubén Serrano y editada por Edge Entertainment, que como podéis imaginar gira alrededor de nuestro Primigenio favorito. Y al igual que sucedía en la anterior, Ritos de Dunwch, participo con un relato de mi cosecha. En esta ocasión es El sello de Ponapé, título que hace un pequeño juego de palabras con una antigua historia de August Derleth, El sello de R'lyeh.

La trama guarda mucha relación con las Carolinas Españolas, una de las colonias menos conocidas de nuestra historia: un grupito disperso de islas situadas en medio del Pacífico, al este de Filipinas, y cuya dominación fue en su mayor parte meramente nominal, con llegadas puntuales de barcos que se espaciaban décadas.

Una de estas islas es Ponapé, la actual Pohnpei, lugar de capital importancia dentro del Culto a Cthulhu y con una historia propia muy curiosa, con ruinas precoloniales como las de Nan Madol y donde hubo graves conflictos con algunas tribus nativas. Para documentarme, además de los recursos habituales, fueron de extrema ayuda varios hilos con recopilación de datos sobre este archipiélago que encontré en el Foro de Historia Militar el Gran Capitán y en el Foro de Historia Naval Todo Avante. Mi agradecimiento.

Pero la narración en sí se sitúa en la actualidad (aproximadamente) y en Madrid, donde alguien trata de recomponer ciertos sucesos acaecidos poco antes de la rápida descolonización de las Carolinas (las islas fueron vendidas a Alemania en 1899, tras la pérdida de las Filipinas) y qué relación guardan con unos misteriosos sellos postales que quizá nunca existieron. ¿Suena bien o no? Con menos que esto se han hecho películas, señores .

Confieso que una de las satisfacciones personales que me dio escribir esta historia fue poder recrear los recuerdos que conservo de cuando acompañaba de niño a mi padre a los puestos de filatelia de la Plaza Mayor, que es uno de los principales escenarios del relato. Son las pequeñas recompensas que da la literatura (porque dinero ya os digo que no). Al final, ¿qué sentido tiene escribir, si no pones un poco de ti en lo que haces?

Por cierto, no creo que casi nadie recuerde el artículo que dediqué hace tiempo al llamado aspecto de Innsmouth, y cómo lo relacionaba en ese momento con la imagen de la modelo Jennifer Sullins. Pues bien, entonces estaba refiriéndome a este relato y a una de sus protagonistas. Y ya doy muchas pistas…

Así que ahí lo dejo. Espero que os guste El sello de Ponapé (y el resto de la antología, ya puestos), y que en el futuro podamos volver a encontrarnos en alguna otra historia.

Adoradores de Cthulhu, varios autores.
Edge Entertainment, 2017. 245 págs, 9€.

jueves, 4 de mayo de 2017

Premio Nosferatu por «Fiesta pagana»

Sorpresa primaveral: mi relato Fiesta pagana se ha llevado el premio Nosferatu de Calabazas en el Trastero, que otorgan los lectores de esta publicación de la editorial Saco de Huesos al mejor relato aparecido en cada número.

No me lo esperaba, y me ha hecho especial ilusión porque ya sabéis que Fiesta pagana es una historia con la que quedé muy satisfecho (y no es habitual que me pase eso). Además resulta muy apropiado, casi una señal, que haya sido premiada precisamente a primeros de mayo (y por qué digo esto lo comprenderéis si la leéis ). Espero que este número de Calabazas salga pronto en Lektu, ya que al ser el primer relato del libro aparecerá como adelanto gratuito y podréis disfrutarlo sin soltar pasta.

Otro de mis cuentos ya ganó este premio en el Calabazas: Conspiraciones, y el póster que se entrega es siempre el mismo (salvo por el texto, claro), así que no sé muy bien dónde ponerlo, que a este paso mi casa va a parecer un templo vampírico…

Calabazas en el Trastero 20: Máscaras, varios autores.
Saco de Huesos, 2016. 158 págs, 7€.

Actualización 27/06/17

Por fin ha salido la edición digital en Lektu. Sólo cuesta dos euros en ePub, Mobi o PDF y, como ya anticipé, si os bajáis el Avance en PDF (a la izquierda) podéis leer mi relato de forma totalmente gratuita 😉.

viernes, 28 de abril de 2017

Pobreza en el círculo de Lovecraft

Desde hace un tiempo vienen preocupándome las desigualdades socioeconómicas (un tema que, curiosamente, no interesa demasiado en ciertos ambientes literarios supuestamente concienciados) y, ya yendo a la temática de este blog, la influencia de estos asuntos en la creación literaria. No es casualidad que casi todos los escritores del s.XIX y anteriores provinieran de buena familia; escribir ha sido, a lo largo de la historia, un lujo, y sólo a partir del establecimiento de una amplia clase media con acceso a la educación y cierta seguridad económica, así como un mercado editorial sólido, ha podido la literatura abandonar los círculos elitistas. Y viendo que esas desigualdades regresan y son cada vez mayores, me temo que esa época toca ya a su fin.

No os extrañará, dadas mis aficiones, que me haya fijado especialmente en diversos autores de lo que ahora llamamos horror cósmico o lovecraftiano, alrededor de los que se ha creado un halo de éxito que poco tiene que ver con la realidad. La fama que ahora les rodea contrasta cruelmente con lo que fue su vida, casi siempre al borde de la pobreza.

El caso principal y más sangrante, por supuesto, es el del propio Howard Phillips Lovecraft. La cruel ironía de que sus obras muevan ahora millones de dólares y se publiquen en multitud de idiomas (por no hablar de la infinidad de licencias y productos derivados), cuando su creador vivió siempre al borde de la miseria, consumiendo los últimos restos de la fortuna familiar y malvendiendo sus labores de corrector y ghostwriter (negro literario) por cuatro perras, después de asumir que sus propios relatos no tenían el menor valor, le hacen a uno considerar la injusticia inherente al mercado editorial. Pero esta situación no se limitó al ahora considerado maestro de Providence, sino que afectó a casi todos los miembros de pleno derecho de ese círculo, con las posibles excepciones de August Derleth y Robert Bloch, que sí gozaron de cierto éxito en vida.

Por ejemplo Frank Belknap Long, conocido entre los aficionados al horror cósmico principalmente como creador de los terribles perros de Tíndalos y que sobrevivió a la mayoría de sus contemporáneos hasta alcanzar los 92 años, pasó la última etapa de su vida sumido en una extrema pobreza junto a su esposa Lyda, a pesar de haber recibido premios tan prestigiosos como el World Fantasy Award y el Bram Stoker, sin haber alcanzado nunca el éxito económico tras una carrera literaria de casi siete décadas. Si no recuerdo mal, era Darrell Schweitzer el que narraba con tristeza cómo, durante una entrevista que hizo a la pareja en 1990, estos buscaban ansiosos cualquier medio de cobrar algún dinero por la misma o malvendiendo los pocos manuscritos originales que conservaban. Cuando falleció en 1994, Long fue enterrado en una fosa común para indigentes.

Por su parte, la infancia de Robert E. Howard fue una sucesión de casas solitarias y humildes en Texas, a pesar de que su padre era médico, una profesión en principio respetable (se dice que Isaac Mordecai Howard no congeniaba con sus vecinos lo suficiente como para establecerse de manera definitiva, y también que malgastaba el dinero invirtiendo en planes descabellados). Y la situación no mejoró con los años. Aunque la biografía de Sprague de Camp es poco precisa, creo que refleja con acierto la impresión de llegar, incluso décadas más tarde y con mejores medios de transporte, a esa casa perdida de Cross Plains donde R.E. Howard murió.

Si bien es cierto que para cuando R.E.H. se suicidó en 1936, había logrado estabilizar unos ingresos anuales bastante respetables para provenir sólo de publicaciones en revistas pulp, el dinero se le iba continuamente en el tratamiento para la tuberculosis terminal de su madre, y estimaba que sus perspectivas editoriales se aproximaban a un callejón sin salida, en particular por los crecientes retrasos en el pago de Weird Tales. Es otro caso que hace pensar, viendo el éxito mundial que alcanzaron posteriormente sus historias y personajes, Conan el Bárbaro entre ellos, y el género de espada y brujería que él prácticamente fundó.

Un ejemplo extremo podría ser el de Clark Ashton Smith, como se puede leer en la excelente introducción de Luis Gámez a El libro de Hiperbórea, editado por Cátedra. Smith, seguramente el más dotado artísticamente de todo ese grupo de autores, gozó con sus primeras publicaciones de un prometedor éxito entre los más selectos círculos poéticos de su época y la crítica especializada, y lo mismo se aplicó un tiempo después a sus exposiciones de pintura.

Sin embargo aquello no duró ni le trajo rédito económico alguno. Viviendo durante décadas de trabajos esporádicos, siempre al borde de la pobreza, siguió cuidando de sus padres en la vieja cabaña familiar del norte de California hasta que estos murieron. Aquejado por diversos achaques que en último extremo él mismo vinculaba a sus perennes dificultades pecuniarias, C.A.S. no se casó hasta cumplidos los 60 años. En adelante subsistió haciendo pequeños trabajos de jardinería, hasta que llegó su hora en 1961. Triste destino para quien fuera considerado un niño prodigio, un lamento por lo que pudo ser y no fue que a menudo se deja ver en sus obras más personales.

Y me gustaría terminar con la reveladora historia de Margaret Brundage. Brundage no pertenecía al círculo lovecraftiano, pues era ilustradora, pero a su mano corresponden muchas de las famosas portadas de la época dorada de la revista Weird Tales. Casada con un hombre alcohólico que apenas se pasaba por casa, Brundage (nacida Margaret Hedda Johnson) logró mantener a su hijo y a su madre vendiendo sus ilustraciones a las revistas pulp del momento. Sus obras, firmadas con un aséptico «M. Brundage», eran apreciadas por el público por su sexualidad implícita y sus heroínas desvalidas.

A mediados de los años 30 fueron creciendo las quejas puritanas sobre la naturaleza de esas portadas, y el editor no tuvo mejor idea que revelar que la autora era una mujer. Las críticas aminoraron, pero Brundage no logró trabajo con otras editoriales «decentes». Y tampoco con la propia Weird Tales cuando esta se trasladó a Nueva York en 1938 y hubo de cumplir las normas morales municipales para vender en los quioscos de la Gran Manzana. Brundage pasó los últimos años de su vida en relativa pobreza y murió en 1976, cuatro años después de su hijo. Sus originales (muchos de los cuales fueron robados en convenciones) alcanzan ahora precios de varias decenas de miles de dólares.

Prefiero dejarlo aquí, antes de deprimirme más. Por supuesto, esto podría extenderse a numerosos géneros literarios y otros campos de la cultura; el éxito económico y la calidad rara vez van de la mano. Pero una sociedad que permita al menos que sus creadores no se mueran de hambre, no digamos ya que reciban una justa retribución por sus obras, siempre me parecerá más deseable.

Nota: El «Cthulhu mendigo» que abre el artículo corresponde a la ilustración Beggar, de Andrey Surnov.