jueves, 7 de septiembre de 2017

Adiós, Bruto

Pues parece que sí, que definitivamente la conocida serie de cómics de El Bruto (The Goon, obra de Eric Powell) se ha acabado. Puede pensarse que era algo evidente, ya que no se publica ningún nuevo número desde octubre de 2015, pero no estaba tan claro ya que en el final de la última miniserie, Once Upon A Hard Time, Powell se dejaba la puerta abierta a continuar con una especie de «spinoff» (tentativamente llamado Lords of Misery) que retomara los principales personajes. Pero todo apunta a que no. No por el momento, al menos. Y es una buena ocasión para repasar lo que ha significado este cómic.

En España, la editorial Norma dejó de publicar la serie a partir del volumen 13. Una pena, porque sólo faltaban dos para terminar, aunque no me extraña que las ventas hubiesen bajado porque los últimos tomos eran bastante flojos. Powell daba rienda suelta a su humor gamberro en lugar de hacer progresar la historia y, a pesar de que seguían estando muy bien dibujados (este hombre ha acabado por desarrollar un estilo asombroso), no aportaban gran cosa al que ya conociera la vaina. También os digo que son cómics que usan poco texto y se entienden perfectamente en inglés, que eso no os frene.

Lo que más me interesa es ver qué hace especial a El Bruto, aparte de su calidad artística. Se ha dicho (a menudo de forma peyorativa) que una característica de la cultura actual es la mezcla de conceptos preexistentes, como si ya estuviese todo inventado y sólo fuéramos capaces de crear a través de la fusión. No me siento capacitado para validarlo o no, pero la verdad es que Powell plasma en El Bruto una amalgama de diversos géneros que, sorprendentemente, funciona muy bien. Así por encima, tenemos:

Género negro. Algo evidente sólo con hojear cualquier número. Aquí se prescinde del tradicional detective y se adopta la no menos clásica vertiente de la «narración mafiosa». Ya para empezar, el Bruto es el líder de una banda que controla los bajos fondos de una pequeña ciudad, y sus enfrentamientos con la ley y con otras bandas están presentes desde el principio. También comparte la escala moral de grises propia del noir, como ley frente a justicia, corrupción frente a venganza, etc. La propia ambientación (hay bastantes anacronismos, muchos deliberados, pero los años 40-50 podrían ser una buena aproximación) apunta a ello, así como su galería de femmes fatales.

Sobrenatural. Lo que empezó como un elemento puramente gamberro, e imagino que para diferenciarse de otros cómics similares, ha acabado marcando la serie. Primero eran los zombis que actuaban como una banda mafiosa más, pero Powell ha ido añadiendo elementos del terror clásico, mucho de serie B (aunque esta influencia era más obvia al principio y ha ido desvaneciéndose) y no pocas de las tradiciones de cuentos de hadas (en su versión menos edulcorada, por supuesto). Un cajón de sastre donde cabe todo, sin dar explicaciones lógicas y que el autor usa para contar las historias de desesperanza que le gustan y poder salirse de las típicas peleas entre matones.

Gótico sureño. Personajes retorcidos por dentro y por fuera, monstruos de feria, paletos, fanáticos religiosos, crueldad con ancianos, niños y desvalidos… Muchas de las historias del El Bruto parecen sacadas de lo más tradicional de este género literario, empezando por el propio trasfondo de su personaje principal y sus motivaciones, y la verdad es que es de lo mejor de la serie. Es en estas facetas además donde Powell se deja la piel con los lápices. No olvidemos tampoco su aspecto de protesta social, muy destacado en varios números y que entronca con temáticas del género negro moderno (pienso por ejemplo en Ellroy cuando narra la represión de sindicatos y huelguistas en los años 50).

Sátira. Sí, sátira y humor vulgar y políticamente muy incorrecto, un aspecto que no siempre está presente en la serie pero que cuando lo hace lo domina todo (y puede echar atrás a algunos lectores, la verdad). Powell es un provocador, como quedó claro con la falsa polémica de Satan's Sodomy Baby (una historia que no encontraréis en los tomos recopilatorios, aunque es bastante chorra). También es verdad que ha podido permitírselo por publicar cómic independiente, en una major no se lo habrían consentido, y creo que llega a abusar de ello. Es un elemento que, salvo las pocas veces que se presenta puntualmente, no acaba de encajar con el resto, sobre todo si uno pretende darle una continuidad al conjunto.

Y ahora que tenemos delante toda la serie hay que reconocer que, aunque ha tenido sus fases flojas, ha sabido mantener hasta el final una calidad y un interés encomiables. Y como el gran Watterson, Powell ha decidido jubilar a su personaje estrella antes de alargar innecesariamente su recorrido y perder su sentido original. Ahora toca esperar, a ver si lo retoma algún día y en ese caso si tiene cosas nuevas que contar o verdaderamente ya estaba todo dicho.

lunes, 21 de agosto de 2017

Literatura sicalíptica

¡Por fin vamos a hablar de sexo en Disportancia! Pero que nadie se asuste, será sexo literario. En particular, la literatura erótica española, que vivió una pequeña era de esplendor a principios del siglo XX y es un tema que siempre me ha llamado la atención por lo que tiene de rebelde e ingenuo a la vez.

La literatura erótica ha existido siempre, por supuesto, aunque nuestro país ha ido por detrás de buena parte del continente y en particular de Francia, que en las novelitas que nos ocupan aparece a menudo como origen de la depravación narrada (y es que, hasta hace relativamente poco, «francés» seguía siendo sinónimo de erótico y escandaloso, incluso en la literatura seria). Aunque las primeras obras calificables como tal aparecen aquí a finales del siglo XIX, se vivió un pequeño boom a partir de la Primera Guerra Mundial y sobre todo durante los años 20 y primeros 30. Es muy curioso observar que la dictadura de Primo de Rivera (1923-30), tan mojigata y puritana ella, con su obsesión por la pureza moral del país, no consiga frenar en absoluto esta corriente de literatura erótica y obscena, y que las leyes que existen para perseguirla apenas se aplican. Quizá porque se trataba de una dictadura castrense, y ya se sabe que los militares nunca han puesto reparos al sexo. También sorprende que durante la Segunda República (1931-36) esta producción, si bien no desaparece, sí que se atenúa y la literatura «rompedora» pone más énfasis en lo ideológico y lo social, fruto tal vez de las inquietudes del momento.

Sicalíptico, bonito vocablo tan acotado en época y uso, hoy casi olvidado y sinónimo antaño de todo lo inmoral y picante. Dice la RAE que sicalipsis es «malicia sexual, picardía erótica», y se usa casi exclusivamente para referirse a obras y situaciones de principios de siglo a la guerra civil.

En todo caso no existe un paralelismo directo con el «destape» que tuvo lugar en España al final de la dictadura franquista, en los años 70. Aquí más bien parece que son las corrientes liberales internacionales las que van horadando la decencia tradicional. Por supuesto, pese a su popularidad estas novelas (y revistas y fotonovelas) no dejaban de ser objetos vendidos bajo mano, principalmente en quioscos callejeros y con tiradas de mala calidad que ocultan imprenta, autor y hasta editorial, nunca pensados para perdurar. Es una literatura producida y consumida casi exclusivamente por hombres, a pesar de que algún autor utilice pseudónimos femeninos para, imagino, excitar la libido del lector. Si alguna mujer la leía, era sin duda con más discreción aún que los varones y nunca adquiriéndola directamente.

Con tan amplia producción ya podéis deducir que hay de todo, desde textos sensuales de calidad a la pornografía más chabacana de prosa ramplona. Casi siempre son cuentos de unas pocas decenas de páginas o como mucho novelas cortas, y los temas suelen ser los de siempre. A menudo toman como protagonista a una joven inicialmente pura que va cayendo en las diversas etapas de iniciación sexual con diversos «caballeros», aunque de tanto en tanto le sorprende a uno encontrar homosexualidad, travestismo o las parafilias más diversas, a veces hasta bien tratadas. Autores prolíficos de este género (a menudo bajo uno o varios alias) fueron Pedro Morante, Álvaro Retana, José Sanxo o incluso el famoso Emilio Carrere, que no le hacía asco a nada que proporcionara ingresos fáciles.

Uno de los aspectos que más me gustan, y que a menudo se pasa por alto, son las ilustraciones que atraían la atención desde la portada y que también solían acompañar al texto, seguramente para ayudar a la imaginación. Aunque de nuevo aquí hay de todo, lo cierto es que por lo general son de bastante calidad y hasta elegantes, como las del gran Rafael de Penagos (al que mi padre conoció personalmente cuando este vivía en la calle Ayala de Madrid) o José Loygorri, Max Ramos o Varela de Seijas, por citar a unos pocos. Eran también grandes cartelistas de moda, y el hecho de que los editores puedan pagar su arte para estas obras indica que el negocio daba dinero. En la mayoría de los casos estos ilustradores siguen la estética del art déco que se impone en Europa y Estados Unidos por esas fechas. Se observa en esas imágenes, lo mismo que en los textos, una curiosa contienda entre el ideal de mujer tradicional (rellenita, de carnes prietas y apasionada en la intimidad) y el moderno que iba extendiéndose poco a poco, de mujer delgada, de pechos pequeños y despreocupada respecto al qué dirán.

Es un mundo muy curioso, casi clandestino, que todos conocían pero nadie mencionaba en público, y que queda definitivamente enterrado con la guerra civil y la posterior instauración de la dictadura. Si os interesa el tema, varias editoriales han publicado compendios o facsímiles de algunas de estas obras, amén de que todavía se pueden conseguir originales (aunque no en muy buen estado) en librerías de viejo o páginas de venta de libros usados. Un buen punto de contacto es la antología Cuentos eróticos de los locos años 20 de Clan Editorial (2004), así como la colección La Novela Pasional de la editorial sevillana Renacimiento, pequeños libritos que se leen en un suspiro (de pasión ).

miércoles, 9 de agosto de 2017

A vueltas con la coedición

Hace unos años saltó a la palestra del «mundillo escritoril» el peligro de las llamadas editoriales de coedición. Supongo que todo el mundo sabrá a estas alturas de qué va el tema, pero básicamente son editoriales en apariencia normales pero que descargan los costes reales de la edición en el autor, bien pidiéndole directamente dinero para financiar la tirada, o con mayor sutileza indicándole que debe asumir unas ventas mínimas durante la presentación del libro (cincuenta, ochenta, cien ejemplares…) cuyos ingresos serán, íntegramente o en su mayor parte, para la propia editorial. Con eso ellos ya cubren gastos; de hecho esa suele ser la tirada completa de la primera edición, las subsiguientes reimpresiones serán print-on-demand o ni eso, y se limitan a obtener los beneficios que genere la edición digital.

Visto así, la verdad es que este tipo de editoriales da bastante grima, y yo personalmente no me planteo recurrir a sus servicios. Sobre todo por el tema de las ventas durante la presentación; soy un tipo asocial e impopular y difícilmente voy a vender nada con mi don de gentes. Ahora bien, transcurrido un tiempo desde aquellas polémicas, constato que las diferencias entre editoriales tradicionales y coeditoriales han ido haciéndose cada vez más difusas, y me atrevería a decir que ahora mismo apenas hay desventajas en este sistema, siempre que uno sepa dónde se mete.

Para empezar, porque las coeditoriales han espabilado y evolucionado (es lógico, compiten entre sí por el mercado del escritor ingenuo o desencantado) y hacen un trabajo más profesional; por ejemplo, cuentan con portadistas realmente capaces y recurren a imprentas de calidad. Pero si las diferencias con las editoriales tradicionales se han desdibujado es principalmente porque estas últimas han empeorado bastante (por supuesto estoy generalizando, con todo lo que ello supone). Voy a hacer, con vuestro permiso, un pequeño repaso de las críticas que se hacían habitualmente a la coedición y por qué han perdido validez:

Las coeditoriales no se preocupan por la distribución ni por la promoción de tu libro, porque tú ya has pagado los gastos y el resto les da igual. A ver, esto es verdad pero seamos sinceros, la gran mayoría de editoriales «serias» se esmeran muy poco en la promoción de los libros, salvo que seas un fabricante de bestsellers o un famosete. A lo sumo están un par de semanas con ello y luego adiós muy buenas. Y en esta época en la que la promoción principal es por la red, si quieres que tu libro siga vendiéndose o incluso que llegue a oídos de posibles lectores te vas a tener que encargar tú de todas todas.

El tema de la distribución sí es crítico, porque es un pilar fundamental para las ventas y una editorial potente contará con buenos canales para poner el libro delante de los potenciales lectores. En esto hay que dar la razón a la sabiduría popular. Pero ojo, muchas (muchísimas) editoriales medianas/pequeñas tienen una distribución muy reducida, que en la práctica no va a ser peor que la de una coeditorial, y es algo que se debe tener en cuenta. Es decir, si ya asumes que la distribución va a ser mala porque no puedes publicar con una casa potente, tu situación final no se va a diferenciar mucho tanto si optas por la edición tradicional como por la coedición (o la autoedición, dicho sea de paso).

Las coeditoriales tienen muy poco filtro, aceptan cualquier cosa. Esto también es cierto, porque su estrategia de negocio depende de sacar libros de forma continuada, pero tampoco es algo malo de por sí. Casi todas las editoriales tradicionales implementan filtros absurdos que nada tienen que ver con la calidad, como cerrar la admisión de nuevos originales pero seguir admitiendo cosas de gente que ya ha publicado con ellos, a pesar de que haya sido un fracaso, porque son colegas (con lo cual sigue llenándose su programación y se posterga aún más la apertura a nuevos autores), buscar sólo novelas sobre temas de moda (sean zombis, romance paranormal, etc.), depender de los agentes literarios (que no deja de ser subcontratar su criterio editorial) o, en el mejor de los casos, llevar un retraso de entre seis meses y un año para valorar un original. Sí, en la coedición se publica mucha basura, pero en la edición tradicional también. Y nada impide que a una coeditorial llegue una obra maestra, si a eso vamos.

Los libros que sacan las coeditoriales tienen mala pinta. No, esto ya no es así. En general se puede decir que la calidad física de los libros ha caído en barrena; no es nada raro encontrarse libros impresos en restos de papel, con mala fibra (lo veréis porque las hojas empiezan a hacer ondulaciones), tinta apestosa, etcétera, por un precio muy elevado. Una coeditorial no lo va a hacer peor, no es físicamente posible. De hecho y por lo que voy viendo, los libros de coeditoriales cada vez tienen mejor aspecto, buenas portadas y encuadernación decente. Como decía, se han puesto las pilas. Y no nos engañemos, el aspecto de un libro es muy importante para encandilar al hipotético comprador.

Y en fin, tampoco me apetece seguir con la lista (es agosto y hace mucho calor), lo que quiero dar a entender es que en el fondo no es tan diferente la edición tradicional de la coedición, sobre todo si eres un autor desconocido, y que de ambas maneras te puede salir bien o mal la aventura. Con la coedición las cosas van más rápido y no te llamas a engaño (siempre que sea una coedición honesta y no una estafa, claro), y las editoriales pequeñas tienen tantas dificultades para subsistir que cada vez descargan más tareas en el autor, desde la corrección del texto a la promoción, organizar presentaciones o incluso definir la portada. Vamos, que a fin de cuentas todo acaba pareciéndose.

Con esto no pretendo decir que la coedición sea maravillosa o la panacea para el escritor, hay mucho timador en este campo, mucho intento de explotar al autor (aún más), y reitero aquí lo que dije al principio: paso de la coedición porque no encaja con mi manera de enfocar la literatura (para eso me autoedito y santas pascuas). Pero entiendo perfectamente a quien, sabiendo dónde se mente, recurre a este sistema para sacar sus libros. Respetable y perfectamente válido.