lunes, 19 de septiembre de 2016

En busca del título

Al entregar el manuscrito definitivo (que no sé por qué se les sigue llamando manuscritos si son siempre archivos digitales, pero bueno) de lo que luego sería La Fuente de las Tinieblas, allá por noviembre de 2014, le faltaba todavía algo. Un detallito de nada. No tenía título.

No es tan raro como parece. Conforme la gente de Edge y yo íbamos intercambiando correos y llamadas hasta concretar el proyecto (un proceso de años, y no exagero), el concepto que cuajó era «relatos suburbanos de los Mitos de Cthulhu», y siempre nos referíamos a él de esa forma. Pero claro, una vez entregada y aceptada la versión final, parecía evidente que no resultaba un título apropiado, era demasiado descriptivo y muy poco evocador, y se decidió que pasaría a ser el subtítulo. ¿Cuál sería entonces el título propiamente dicho?

En un principio no estaba demasiado preocupado, al contrario. Recuerdo que cuando hacía mis pinitos literarios de chaval tenía siempre a punto un título muy majo, y hasta me inventaba portadas y maquetaba el texto, pero luego nunca terminaba lo que escribía (y cuando lo hacía era un desastre). Culminar toda una antología con sus cien mil palabras sin tener aún un título para ella me parecía señal de madurez, de estar centrado en lo importante y no en lo accesorio. Pero claro, llegaba el momento de dar ese paso, y no era sencillo.

Había que pensárselo bien. Ya hablé hace tiempo (en los inicios de este blog) de la importancia del título, pero entonces me refería casi exclusivamente a las historias cortas. Y es que los títulos de los relatos son más fáciles, suelen surgir de forma natural mientras escribes, normalmente de un aspecto fundamental de la trama o por una frase definitoria que aparezca en el texto. Yo suelo tirar por títulos cortos, de una palabra o concepto pretendidamente impactante: «Arúspice», «Bookcrossing», «Litopedion», «Neotenia», «Atractor extraño», «Linea nigra», «factor campo»… Otras veces me inclino por algo más largo que suene inquietante: «Sabemos lo que te gusta», «El cuclillo de los pájaros daltónicos», «Hasta que no ocurre una desgracia», «Las estrellas están en posición»… ¿Podía estar por ahí la clave? No acababa de verlo.

Probamos primero con varias alteraciones del subtítulo, por ejemplo «Mitos Suburbanos: Relatos de los Mitos de Cthulhu en el extrarradio» y otros similares, pero quedaba bastante (muy) pobre. Buscando un elemento en común de las historias, aparte de su ambientación suburbana, surgió evidentemente el de Fontenebra, la ciudad ficticia donde se emplazan, y ese fue por un tiempo el título provisional. Pero claro, como bien me señalaron desde Edge: ¿qué es «Fontenebra», con qué puede vincularlo el lector que se tope con la portada? Con nada, claro. No servía.

Fue entonces cuando descubrí que «La Fuente de las Tinieblas», un término que se revela importante en la antología y sobre el que no profundizaré ahora por no spoilearos nada, es realmente un concepto que aparece mencionado en los manuscritos del Mar Muerto:

De la fuente de la certidumbre proceden las generaciones de la verdad,
y de la fuente de las tinieblas las generaciones de la iniquidad.

Ideal. Ya teníamos título, con unas connotaciones siniestras aun cuando no supieras nada de los relatos. Y hasta una cita inicial para justificarlo sin que el lector sospechara demasiado . A partir de ese momento no hubo apenas dudas. El subtítulo y el logo de «Mitos de Cthulhu», común a toda la línea, permitirían al lector saber que lo que tenía delante era una antología lovecraftiana y el título y la portada se encargarían de darle personalidad propia.

Visto en retrospectiva, creo que fue una buena decisión.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Feynman, ese curioso personaje

He aquí una entrada atípica en Disportancia (aunque ya habréis observado que aquí lo atípico es típico). Pero para contaros toda la historia he de retroceder al pasado remoto: en mis tiempos de universitario, ya cansado de tantas ecuaciones y teorías, saqué de la biblioteca de la facultad de Ciencias Físicas un par de libros muy curiosos: ¿Está usted de broma, Sr. Feynman? y ¿Qué te importa lo que piensen los demás? Aparte de poseer un título entre interrogaciones, ambos tienen en común que forman una especie de autobiografía de Richard Feynman, uno de los físicos más conocidos y peculiares del siglo XX, y su lectura me resultó fascinante.

Los libros regresaron a la biblioteca universitaria, evidentemente, y sólo conservaba de ellos un buen recuerdo. Pero hace poco me regalaron el primero y, tras releerlo, he tenido que hacerme también con el otro. Como he dicho, no son exactamente biografías ni memorias, sino que surgen de las grabaciones de las charlas que mantuvo Feynman con Ralph Leighton, hijo de uno de sus colegas; se podría decir que forman una especie de recopilación de anécdotas de la vida de Feynman y, creedme, tuvo muchas. No esperéis un rollo sobre física, porque no va de eso (aunque evidentemente su vida giró alrededor de la ciencia), ya que Feynman fue también músico, pintor, trabajó en el proyecto Manhattan (el de la bomba atómica), se pasó un par de años en Brasil donde acabó tocando en una banda de samba, se dedicaba a abrir cajas fuertes, ganó el premio Nobel, fue declarado deficiente mental por el ejército, y participó en la comisión de investigación del desastre del transbordador espacial Challenger, entre otras muchas cosas. Seguramente ya hayáis oído hablar de estos libros y no me siento capaz de resumir todo lo que aparece en ellos; sin duda los recomiendo y, además, la edición de Alianza es muy correcta y por una vez no tiene un precio disparatado.

Como digo, estos tomos siguen constituyendo una lectura fascinante y una ventana abierta a ese curioso personaje que fue Feynman («aventuras de un curioso personaje» viene a ser precisamente del subtítulo de ambos libros). Dicho eso, prefiero centrarme aquí en las impresiones que he extraído al reencontrarme con los textos y las discrepancias con lo que recordaba, señal seguramente de mi propia evolución personal (ya que los textos son los mismos que entonces ).

El primer aspecto a tener en cuenta (y que no consideré de joven) es que esta «biografía» no es necesariamente fiable ni exhaustiva; al fin y al cabo son historias que Feynman le contaba a un amigo mucho más joven que él, quizá para impresionarle, y que fueron pasadas luego a libro. No dudo que lo que se cuenta en ellos sea más o menos real (porque Feynman, aparte de inteligente, era extraordinariamente perseverante, por lo que a lo largo de los años llegó a ser muy hábil en muchas cosas), pero sí que es todo muy feynmancéntrico, como si siempre fuese él el centro de atención. El gran Murray Gell-Mann, padre de la teoría de los quarks y compañero de Feynman en Caltech (y diana a menudo de las ironías de este), dijo en cierta ocasión de Feynman: «era muy buen científico, pero dedicaba demasiado esfuerzo a generar anécdotas sobre sí mismo».

Este egocentrismo se observa bien en ¿Está usted de broma, Sr. Feynman? Por ejemplo, a partir de cierto momento se pasa a hablar del premio Nobel, que Feynman recibió en 1965 por sus avances en electrodinámica cuántica: cómo le despertaron los periodistas de madrugada para darle la noticia cuando lo único que él quería era seguir durmiendo, los planes que hizo luego para saltarse el protocolo delante de los reyes suecos, etc. Pero a lo largo de todos esos capítulos no se menciona en ningún momento que ese premio Nobel que obtuvo lo compartía con Julian Schwinger y Sin-Itiro Tomonaga, un dato nada trivial. Ni siquiera se les menciona; sólo aparece Feynman quejándose de lo rollo que fue recibir el premio Nobel.

Otra de las cosas que más me ha sorprendido en esta relectura es lo mujeriego que fue Feynman a lo largo de toda su vida. Diría que más de la mitad de sus anécdotas tienen que ver con chicas, generalmente jóvenes, rubias y escasas de ropa. Es cierto que la primera vez que leí estos libros tendría unos veinte años e iba más salido que el pico de una mesa, por lo que seguramente me resultara de lo más natural que Feynman también. Y no tengo nada en contra de ello, por supuesto, pero me pregunto si alguna de esas aventuras se solapó con sus tres matrimonios (no es fácil asegurarlo porque el texto no es estrictamente cronológico). De hecho, Feynman fue igual de perseverante en la búsqueda de parejas sexuales que en otros aspectos de su vida, frecuentaba bares de alterne y top-less incluso siendo ya bastante mayor (leed, leed), y sus elaboradas estrategias para ligar y los comentarios que hace sobre las chicas llegan a ser inquietantemente insensibles. Hay que tener en cuenta que Feynman era, a la vez, inteligente, sociable y poco empático, lo que constituye la receta de un magnífico manipulador. Muestra de ello es, por ejemplo, cuando en los años 40 se inventaba complicados modos de dejar la propina para que las pobres camareras acabaran empapadas intentando coger una monedita, y que hoy día parecen decididamente crueles.

Pero si os quedáis con esa sensación, os recomiendo que sigáis la lectura con ¿Qué te importa lo que piensen los demás?, el segundo tomo de estas pseudomemorias. No resulta tan interesante como el primero, principalmente porque casi la mitad está dedicada a la investigación sobre el Challenger, cuando Feynman ya estaba mayor y enfermo (murió un par de años después y ya le fallaba su proverbial entusiasmo), pero el libro incluye también la única etapa en la que se le nota verdadero afecto. Corresponde a su noviazgo y efímero matrimonio con Arline (en otras fuentes aparece como Arlene), su primer amor, que estuvo enferma durante muchos años de tuberculosis linfática y falleció cuando él trabajaba en Los Álamos. Es una historia triste pero muy emotiva, aunque como siempre Feynman nunca se permite caer en lo melodramático (también podéis leer la carta que le escribió a Arline dos años después de perderla). Por eso digo que quizá el resto de anécdotas tampoco nos estén revelando al verdadero individuo, sólo la imagen que le gustaba mostrar.

No son estos los únicos tomos interesantes sobre Feynman, y de hecho en la facultad debí de leer algún otro, porque recuerdo con claridad varias historias de su trato con Gell-Mann (por ejemplo esa gran anécdota sobre la pronunciación de Montreal) que no aparecen en estos dos. Y luego está su vertiente como profesor, por la que también alcanzó gran fama y que ha sido recogida en diversas publicaciones de sus cursos y conferencias (sus Lectures on Physics siguen siendo un clásico obligado). Pero sin duda estos dos libros son el punto de contacto más adecuado con este curioso, curiosísimo personaje y su época.

¿Está usted de broma, Sr. Feynman?
Richard Feynman y Ralph Leighton.
Alianza, 1987 (3ª ed. 2016). 524 págs, 14.20€.
¿Qué te importa lo que piensen los demás?
Richard Feynman y Ralph Leighton.
Alianza, 1990 (3ª ed. 2016). 333 págs, 13.20€.

martes, 23 de agosto de 2016

«Sacrificio» en Hierro y Huesos

Dejo de lado por un momento La Fuente de las Tinieblas (aunque volveré con ella, tranquilos) para hablar de otro de mis relatos, titulado Sacrificio, que acaba de aparecer en el primer número de la revista electrónica Hierro y Huesos.

Como el resto de la revista, Sacrificio es un relato de espada y brujería, de hecho el primero que publico dentro de este género. Pero el caso es que también tiene mucho de lovecraftiano (ya se sabe que la cabra tira al monte), y en realidad podría considerarse de "espada y horror cósmico", si se me permite la osadía.

No es algo inaudito, por supuesto; nihil novum sub sole. Robert E. Howard, al que podríamos considerar padre del género, formó parte a su vez del círculo original de escritores de los Mitos de Cthulhu, y Fritz Leiber añadió toques lovecraftianos a varias de sus historias de Fafhrd y el Ratonero Gris (y si no hubo más fue porque el propio Lovecraft, del que el joven Leiber era corresponsal, así se lo aconsejó). Y por supuesto, muchos de los relatos decadentistas de Clark Ashton Smith estaban a caballo entre un reino y el otro. Esas son mis principales inspiraciones, junto a la mítica saga de la Tierra Moribunda de Jack vance (que a su vez debe mucho a la obra seminal de Smith). Sentía que merecía la pena avanzar en esa suma de conceptos que, a mi entender, puede funcionar muy bien y aportar cosas nuevas a ambos géneros.

Como os podéis imaginar, no se trata de coger el típico mundo de fantasía, «ponerle tentáculos» y ya está (eso, como se ha demostrado numerosas veces, no funciona). Para conservar la sensación de terror ignoto en un entorno de fantasía hace falta cuidar el tono (necesariamente oscuro), las situaciones y los personajes para que no se nos vayan de las manos, y definir cuidadosamente el tipo de magia que va a existir, ya que donde todo es posible nada da miedo (puesto que siempre se podrá superar de alguna forma).

Escribí este relato hace tiempo, aunque por diversas vicisitudes hasta ahora no ha podido ver la luz, y la verdad es que tengo muchas ideas para seguir por ese camino. Demasiadas, de hecho, y me cuesta ordenarlas y sacar de ellas algo coherente, aunque puede que aproveche la aparición de este para intentarlo. ¿Habrá interés por parte del público? Eso nunca se sabe, pero os invito desde ya a leer Hierro y Huesos (que por si no lo he dicho ya, es gratuita ) y disfrutar tanto de mi historia como del resto de la revista.

Hierro y Huesos, Tomo I, varios autores.
Saco de Huesos, 2016. 132 págs, 0€ (y la voluntad).